lunes, 23 de noviembre de 2009

Retroceda diez casilleros


No sé si puede reinventarse la vida. A veces cuesta volver a empezar. Creer sobretodo. Vivimos en un mundo tan incrédulo, desmitificado, donde predomina una sensación austera de cuestionar. De dudar del otro. Por eso es que pensé en dejar todo. Al fin y al cabo estas palabras ni siquiera eran mías. Después me puse a pensar en lo que uno hace, en las oportunidades que nosotros mismos nos damos, en el valor de haber cambiado, esa postura distinta que tenemos frente a lo simple. Y valoré entonces ese esfuerzo mío por levantarme de nuevo, por creer en la gente, por tener confianza en lo mío y lo otro. Claro que es muy probable que fracase. De nada sirve tener al éxito asegurado de antemano. Hoy por ejemplo, perdí. Pero a diferencia de otras veces, perdí de pie, con la frente bien alta, y el alma tranquila. Perdí ya no por mí, no perdí por no haberme arriesgado, no perdí por esperar ocho meses, no perdí por haber dicho te amo cuando realmente así lo sentí, tampoco perdí por pedir otra oportunidad. ¿Sabés por qué perdí? perdí porque la vida nos enseña, con el tiempo, que a veces se gana y otras veces se pierde. Y está bueno perder. De ahí aprendemos.Y no digo que sea fácil levantarse y hacer de cuenta que acá no ha pasado nada. Claro que pasó de todo! Afuera pasa de todo. Levantarse también tiene ese gusto a revancha, “esta vez no fue, Daniel” me digo en paz. Y seguiré buscando aquello que me falta. Esas carencias que le dan sentido al estar vivo. Cuando uno se la juega y pierde, queda ese sabor amargo al principio, pero después comprenderás que perder así vale la pena. Uno tiene que estar entrenado para la derrota, el gusto de la victoria tiene ese qué sé yo que lo hace diferente. Valeria con una hija, sola y viviendo en la casa de su mejor amiga, se ha levantado. Yamila se ha levantado. July, que perdió su tortuga desde un segundo piso de la calle Julián Alvarez, se ha levantado. Amalia se ha levantado. Lili que perdió una hija y yo a mi mejor amiga también nos hemos levantado. Ana con una costilla fisurada se levanta todos los días. Mati que me contó lo de su abbuelo también se levanta. Mi vieja que la veo ya cansada de las madrugadas, todos los días se levanta. Mi vecina del 5º A, sola y malhumorada se levanta igual. Fernando obsesivo con un amor prohibido y poco probable se levanta todas las mañana a trabajar. El trapito de la clínica de abajo con frío se levanta.Y yo hoy la verdad, tenía muchas ganas de quedarme durmiendo. Dormir y dormir hasta olvidar. ¿No te pasó alguna vez? pero bueno, es como en el juego de la Oca. Callejón sin salida, retrocedo diez casilleros y vuelvo a tirar los dados. Nunca se sabe las vueltas de la vida.

martes, 17 de noviembre de 2009

Canción melancólica para violín


1
Te miraré al pasar con la sensación de haberlo entregado todo.
¿Sienten la noche acabarse abrupta en el mar?
No es nada, me digo. Me doy vuelta contra la pared y el mundo se sumerge húmedo en los cristales finos.

2
Acompaño mi codo hasta la esquina y de ahí vuelvo hasta la misma puerta de entrada. ¿No tienen la sensación de haber estado acá antes?
No es nada, te digo. Y doy vuelta la pared y al mundo húmedo.

3
Y los finales son siempre así de cristales.
¿dónde empieza el mundo o los muros?
No es nada, me dicen. Y doy vuelta la letra de ésta canción
para verte pasar con la sensación de no haberte llegado con nada.

lunes, 16 de noviembre de 2009

¿Qué cosas habré hecho mal?


Se me ocurrió algo. Por ahí te parece una locura compartir mis cosas, al fin y al cabo vos y yo estamos solos. Digo solos en el sentido más vacío de la palabra. Muchas veces nos pasamos la vida pensando que los otros están mejor, que ya han encontrado lo que buscan. Y entonces, nosotros, voy y yo ahora, solos, pacíficamente quietos de este lado del mundo, empinando las voces que nadie oye como una turbia serenata de compases afónicos que no dicen nada. Te acordás de los comienzos?
¿Cuanto hace que estamos así?
¿Cuanto hace que no te dicen algo lindo al oído?
¿Cuantas noches embestiste tu cuerpo blando contra otro cuerpo igualmente blanco y atlántico? ¿Quien maneja los tiempos de uno y otro? ¿Quien inventa los escenarios de la vida? Digo, porque yo no he elegido estos finales de vino y cigarrillo. Y me preguntaba de paso qué cosas habré hecho mal.
Viste que uno se cuestiona todo cuando se siente rezagado. Claro que me gustaría estar riéndome con alguien de las cosas tan estúpidas de la vida. Carcajear de sólo pensar las vueltas que tiene este mundo. ¿Por qué la luna nos muestra siempre la misma cara? digo, ahora que mi cigarrillo se acaba y las canciones tristes del mundo me llevan por la costa donde me siento tan dueño de mi mismo.
Y se me pone la piel de gallina de verme tan tirado acá, justo acá, en el mismo carajo de todo; sencillo y práctico, volviendo hacia atrás, corrigiendo palabras, pensando las copas que compro para usar una sola. Un vino tinto color sangre, sudor de los pensantes que se ahogan sin querer en las risas simples que amagan compañía.
Ves? no puedo no sentirme lejos de la gente que quiero. Ensayo mis brazos hacia otros brazos, que son como pequeños puertos; húmedas caricias de madera y silencio.
Creo que ya debe ser tarde de madrugada, porque los autos ya no corren con la prisa de los mediodías y por fin encuentro la paz que mi cabeza no me permite.
¿Por qué tengo está manía se pensarme así?
Mirá, busco entre las cenizas blancas otros rostros blancos también que no llenan los roperos. Encojo mis hombros y me veo niño, vos y yo, floreciendo caricias que nos permiten desear lo que –pensamos- otros tienen.
Digo, alguien en este mundo debe ser felíz a su manera. Desinteresada de los ojos de barro, de los omoplatos huesudos, alguno debe sentirse plácido y completo en esta noche dieciséis que aplaude otro año.
Un bandoleón de risas melancólicas que nos cuestionan la mesa, las uñas, el cielorraso. ¿Viste el cielorraso? le hace falta una mano más de pintura.
¿Quién habrá dejado las cosas inconclusas? ¿Con qué propósito?
Yo escribo esta carta mientras los ojos se me achican. Me preguntaba qué será de esos días completos. Me inundo de tu sonrisa estática que ya no marea, hasta quedarme inclinado, abrazado a mis rodillas y arrinconado en esta noche de golpe. Qué suave parecen mis labios en el vino. Enciendo otro cigarrillo de guitarra y violín, y me parece haber oído pasar tu nombre por la vereda. Qué tonto, no? ¿Cómo se me va a ocurrir la idea de que vengas por acá? Si los solos esperamos. Esperamos eternamente que el destino nos dé vuelta la cara de un revés.

Sin ir más lejos


Me puse a pensar el color que tomaría la soledad. O si tuvieramos la posibilidad de ponerle un perfume. Qué sabor tendría en la boca un caramelo de soledad?O sea, no quiero que piensen que todo con los solos es triste. Hoy, sin ir más lejos, he sentido que las cosas suceden así por algo. Y ahora soy yo quien necesita de la paciencia. Suena absurdo sentirse esperando todo el tiempo sin que nada llegue. Una devolución, una pared, una símbolo. Los gestos del destino suenan más bien como un reclamo que no me interesa.

Sí ya sé, debería dejar de comer tantas harinas.

Lo de Marta fue distinto, ella habla de la soledad de los hijos, de lo que se van, de los que huyen al descampado aroma de la vida transeúnte. Pero que injusto es el relámpago de la vida! Por dios! debería dejar de hablar así también.

La soledad tiene que ver con uno mismo, explicaba. Con lo de adentro. Los solos esperamos, tenemos la virtud de acomodarnos en los mejores lugares del mundo, erguidos y fantasmagóricos caminamos las calles preguntando nombres inexistentes casi. Muchos se detienen en los teléfonos públicos y simulan llamar a alguien. Otros se desparraman en los café, piden una taza caliente de té, abren las servilletas de par en par con la blancura fresca de sus manos temblorosas. Y ahí se detienen unos cuantos minutos a esperar. Que paciencia!

Y después, medio inconsciente. medio bobo, mitad reloj, mitad calle, algún solo piensa revolcarse de ganas y tomar revancha y preguntarle al destino si es verdad. “claro que es verdad” susurra alguien desde atrás de los hombros, desde más allá de los horizontes capaz que alguno se ha olvidado las llaves. A ver, no quiero que piensen que la soledad es siempre así. A veces duele menos, a veces ni se siente. Ya no sé si por costumbre o por la sola idea de conocer el final de los domingos. Es cierto, el tiempo termina acomodando todo.

Pero el mundo no se detiene para ver si llueve afuera, las cosas se siguen moviendo, el reloj sin ir más lejos da vueltas en círculos y una palabra se va anudando acá en mi garganta. Que no quiero decirla, que me cuesta pensarla, estornudo.

Nada cambia a las 4 de la madrugada. Pero queda la esperanza de mañana. Mañana, siempre será otro día digo. Y me recuesto sobre las rodillas de la noche tibia.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Las lunas de ayer

Yo no conozco el momento exacto en que las cosas terminan. Puedo decir que la vida tiene esta clase de situaciones que uno no maneja. Los principios, los finales, los paréntesis, y por qué no… estas transiciones, tienen el sabor a tiempo que los años traen. El destino será tal vez una pequeña gota de sudor, un grano de paciencia, a veces indefinido, a veces tan cruel como la sensación misma de vernos minúsculos.
En las calles pasa de todo. Los rostros se cambian de color o de postura como más les convengan, somos complejos transeúntes, animales primitivos que van en busca de la mejor presa.
Me preguntaba que sería de las relaciones humanas si tan solo nos animáramos a decir la palabra justa cuando el silencio rompe barreras. Que pasaría con las muecas, las burlas de las cosas inmóviles.
Si le diéramos valor al gesto simple de una mano franca chocando contra otra mano, si apreciáramos el abrazo convidado, el mate como un lenguaje prescindible de sonidos. Qué pasaría si algún día nos pusiéramos de acuerdo en no forzar una charla, o sentarnos tan solo unos minutos a interpretar el valor incalculable de una mirada que nos dice todo como quien dice a la vez “qué lindo la paso con vos”.
Miraba por la ventana de mi balcón hacia la otra ventana, ahí, en el edificio de enfrente. Una mujer sola se sienta sobre un pequeño velador y se deja paz. Seguramente una música suave la llevaría de un lado hacia el otro de los recuerdos. Se quedaría esperando que el teléfono suene casi toda la noche. Y miraría de reojo el reloj de madera que cuelga de la pared con el tic tac de los años que se nos pasan volando.
Imaginaba mis manos sueltas, mis pies llenos de caminos, el cielo entrando suave por la rendija del ventiluz de la cocina. Los ruidos como simples quejidos, murmullo constante de la gente que anda y desanda el asfalto como desatando espacios, como pidiendo permiso para tener la palabra.
¿Que pasaría con los discursos, con el orgullo, con los faroles naranjas erguidos, inclinados ante la noche sublime que nos abraza como pájaros?
Me preguntaba de paso, por los nombres que ya no nombro, los otros días que han quedado allá, atrás. Lejos todavía.
Enciendo un cigarrillo y la primera pitada la dedico al aire. Suspiro un par de zapatos, mastico la sensación temblorosa de un par de ojos inmensamente azules que imagino hoy; me veía entre estas paredes cuestionando tanto silencio. También, justo a mí se me ocurre quedarme con la noche encendida mirando a muchos que caminan por la veredas como quien regatea un poco de compañía prestada.
La noche se va al carajo y se embriagan las lunas templadas, y las promesas con ellas. Qué terrible pedazo de cielo miro desde mi ventana. ¡Y yo si nadie!, me quejo un poco.

martes, 10 de noviembre de 2009

¿Y ahora si vuelve qué?


1

Sus manos posibles llegando hasta mis manos. Tiemblo de sólo pesar la idea de sus puertas frente a las mías, de sus ojos como mares mirando mis puertos, de sus pestañas medio flojas, de la sorpresa que todas las cosas le dan. Y me imagino sus huesos flacos llenos de plumas y alas, volviendo a los primeros lugares donde todo nace. Esa música suave que germinan las esquinas, regresando también, pegando la vuelta.


2

Había miles de libros escritos en el medio de la plaza, todos llevaban su nombre. Como un zócalo, como un peldaño o un símbolo yo preguntaba sus días. Medio borracho de luna, fumando de paso.


3

Desde mis balcones, desde las vísceras de la ciudad, desde el barro en mis ojos, desde el aleteo frecuente de las venas, yo le veía las ganas de tocar timbre.


4

y digo ahora, ya que estamos así, como mano a mano. Ahora que el tiempo ha acomodado algunas cosas y los estantes en mis hombros y los tuyos están vacíos. Ahora que miro la hora al pasar y me veo las arrugas en las manos, ahora que me cuelgo mirando fotos como un melancólico hijo de puta. Ahora que asomas tus barcos y yo te presto apenas los mediodías. Ahora que hay espacios, me preguntaba si tenías ganas de tomar unos mates. Y caernos redondos, y volvernos humanos. Ahora que nos reímos de los charcos al lado de la almohada y nos miramos a la cara como diciendo, ¡hola como has estado tanto tiempo?


5

¿y si vuelve, ahora qué?

lunes, 9 de noviembre de 2009

Pronósticos


Ya siento que va llegando el final. Es decir, se percibe en el aire ese aliento espumoso de los años que pasan. Agil y grotesco el cielo se inunda de montículos de recuerdos que pasan inadvertidos. Las calles se mudan de barrios como escapándole al destino, y se forman ciudades nuevas todo el tiempo, y los jueves se entreveran con los sábados y los poetas se embriagan de una extraña alegría que no les pertenece.
La soledad es mitad práctica y el resto, una imbécil sensación de fracasos. Ya todo pasó. Entiendo que esta mañana, por ejemplo será inútil no sentirme extrañamente vacío.
Los lunes suelen ser así.
Después de la paz de los puertos y las bocas, llega la semana con un vendaval de pronósticos que nunca se cumplen.
Los solos somos solos siempre.
Sólo que a veces esperamos la urgencia de lo imposible

sábado, 7 de noviembre de 2009

Desde el rincón de las voces mágicas


Que se yo que es el amor. Afuera en las calles pasa de todo. Las ventanas se inclinan con el hambre de los ojos puestos, los nombres se esparcen con el suave eco de un beso que ya no llega. Subo al colectivo y en el pasamano respiro tu aliento, y fumo tus lunes y los miércoles a la noche.Me asomo al balcón para verte no llegar, y tu silueta es un fantasma que anda por ahí, desatando mares posibles, y haciendo ruidos molestos como esta cama de todos los domingos. Te acordás?Qué sé yo que es el amor. Andaba yo distraído con mis libros pensantes, con las escaleras y tus brazos; el permiso quieto de querer llegar a tu vientre pasando por otras avenidas. Y llueve afuera. A lo lejos puedo ver tu corona de risas frescas, como estatuas en el medio de una manifestación de miradas entreveradas. Qué atrevidos estos dias que te pienso. Imagino mejor tu espalda desafiando las esquinas, sabiendo que siempre hay una vuelta, aunque no vuelvas.No tengo ni idea de cómo se hace un budín de pan, no sé decir tu nombre a capella, ni me gusta el mondongo, ni las milanesas de soja. Pero lo soporto.¿Acaso este domingo traerá el interés de tus pasos? quien sabe qué calles te buscan, que excusas te hacen retirarte despacio para no verme con ese cigarrillo en la boca buscando tu boca. Como un puerto o un faro.Yo, desde este principio y hasta el final me resguardo la voz para cuando quieras hablar.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Carta para un amor


Les escribo con la satisfacción de haber conocido un amor. De haber conocido al amor. Claro que han pasado varios años ya y todavía me resulta difícil olvidar el vino de su boca, sus ojos de prestados mirando al horizonte, sus abrazos interminables pidiéndome más. Dicen que se ama una sola vez en la vida. Yo tengo dos esperanzas: volver a encontrarlo y amar con todo lo que pueda. Esto ultimo resulta mas fácil, porque me he esmerado en anotar cada uno de los errores cometidos. Se aprende mucho desde los consejos de amigos, pero uno aprende mucho más desde la propia experiencia. La vida es así. Tiene ese presagio indistinto de la vida huyendo a la razón. De vez en cuando me permito recordarlo, como una licencia de la memoria, aunque el corazón duela y sienta de pronto como se fracciona en millones de minúsculos pedacitos.
Uno no entiende esas cosas de las oportunidades, y les aseguro que he tenido muchas. Sin embargo, por orgullo, por capricho o por idiota, he perdido una de las pocas cosas que amé en la vida. Tal vez fue fue esa seguridad de tenerlo siempre lo que me hizo perderlo para toda la vida.
Por eso siempre dejo ese consejo. Por mas que parezca absurdo o trillado, sugiero, imploro, ruego que si alguna vez sienten este sentimiento semejante al amor; si alguna vez conocen a una persona que se refleje en sus ojos y que los entienda sin mirarlos y les hable sin palabras, y los abrace sin pedirlo, les pido que no lo dejen ir.
Porque no hay nada mas triste que ese calor tibio del pecho ausente, de las caricias postergadas. No se imaginan la pena que da ver los rincones, con sus nombres por todas partes, el armario vacio por la mitad, el vaso sin su cepillo de dientes. Nada podrá jamás llenar esa sensación cálida de compañía eterna. Porque este, como ninguno, era un amor para toda la vida.
Ese amor sin fronteras, sin preguntas, sin cuestionamientos quedó atrás. Y yo lo quería para siempre. Como un bobo lo esperaba todo el día, lo iba a buscar al trabajo, le preparaba la comida. En que me equivoque? En muchas cosas. El amor también es eso. Equivocarnos. Y aprender de ahí en mas.
Claro que nos dijimos adiós. Nos dijimos adiós con un abrazo interminable, uno de esos abrazos que siempre dejan cosas pendientes.... Nunca me pude olvidar. Ya el tiempo ha pasado y nada ha curado.
Y la verdad yo no tengo ni idea como podría hacerlo volver. Capaz que ya no vuelve. Lo que si estoy seguro es que si algún día le llega esta carta, y decida regresar, sé como tengo que amar, de acá hasta el resto de mis días. Porque he aprendido la lección. He aprendido a enamorarme de sus defectos. Quizás uds. tengan razón y ya sea tarde. Pero que se yo. Todavía siento como late mi corazón cuando pienso su nombre. Y mientras siga latiendo. Mi esperanza jamas de derrumbara....

domingo, 1 de noviembre de 2009

¿Dónde andarán tus ojos hoy?


Me preguntaba donde andarán tus ojos, de escobas revueltas y persianas simples. Dónde quedará el abrazo requerido en el tiempo como un astronauta que silba bajo un himno de derrota y café. La luna, fiel y errática campana de las horas posibles, de los ausentes y los vagabundos que deliran por las calles donde todo está quieto por fin.

Y me preguntaba tu abrazo tibio y primero, aquel dulce sabor del cigarrillo que te transmito e inhalas quejándote. Los permisos hasta tu pelvis, sin permisos. Aquel aleteo lúdico de las manos que suben y bajan por todas partes. Dónde tu aliento suave para decir las cosas que a mí me cuestan, el patio trasero de tus huesos huyendo por la pampa seca de tus venas abiertas de par en par.

Me preguntaba también si es posible verte así, desde lejos me suena tu nombre que llega puntual hasta la banquina de mis labios, y se hace poeta en la costa bonita, y barco y faro.Yo soy felíz suplicándote palabras y horas, y más tiempo de relojes pensantes. Vos sos como una música que inspira. Como el aliento que llega ansioso y se escabulle por debajo de la puerta. Como un domingo de madrugada que da vueltas y vueltas hasta marearse de noche; ebrio la postura del cielo erguida, la sonata numérica de las mañanas que no se cuentan con el mate.

Y el diario que se lee, y las banalidades que esperan que la marmota se despierte de todas sus siestas.

Y me pregunto si será así este rincón posible. O si acaso habrá lugar en este mundo cotidiano para la sorpresa de tus ojos viniendo despacio desde allá…

jueves, 29 de octubre de 2009

¿Y ahora, quién ríe mejor?


Ahora que los pantanos se vuelven lunas menguantes, y los zapatos ya no pesan los pasos; ahora que el cielo se asoma desde el balcón como insinuando que ya todo pasó; que la gente camina las calles despreocupada de las circunstancias; ahora que ya no es hora; ahora, tarde, al fin, que me acomodo la espalda en la singular postura del que ya no espera.Ahora que la derrota se te nota en la cara, y yo pinto con acuarelas los mejores momentos que vivo.

Ahora que puedo estar conmigo, a solas, disfrutando este café, sencillamente radiante los pisos por donde me revuelco. Ahora que la ciudad te queda grande, y las esperas son largas, y las horas extensamente vacías.

Ahora que me adorno con los colores del tiempo, y camino con una música especial, como si no me importara nada de nada, y mastico suave, el sabor tierno de los años que me acompañan, y huelo desde lejos, ahora, la simpleza de las cosas comunes.

Ahora que tengo mis espacios, y reconozco cada centímetro de mi cuerpo como un mapa que leo, y ahora que cada canción que escucho me trae un sabor plácido como si quisiera que la vida pase lenta.

Y entonces, se me ocurre pensar acerca de las oportunidades, de las idas y venidas, de las vueltas atrás, de los regresos que por suerte no fueron.

¿Y ahora, quién ríe mejor?

jueves, 22 de octubre de 2009

El amor no se devuelve


El amor no se devuelve. No se discute a los solos esa pertenencia a los momentos que hacen que se exageren los ojos de uno y de otra orilla del mundo.
Las promesas incompletas, quedarán así, quietas y vagabundas de a ratos, promesas al fin. Luego con el paso de los años quedará la tarea de completar los por qué, las excusas y los objetos que nos faltan.
Cuando uno se separa resuelve lo primero, la huida, el desarraigo, los celos y las dudas violetas; los pasos firmes y derechos, aquel nunca mirar hacia atrás. Y con esmero vuelan por el aire los cd, los plasmas, las cartas viejas con palabras bonitas y viejas también. La mesa de luz quedará ausente, y los cumpleaños y el shampoo a la mitad. Nadie querrá quedarse con la huella simple de los domingos, el mate, las fotos, los viajes. El corazón cobarde de los que se amontonan los trofeos como primeras victorias, como asesinatos del amor.
Separarse es todavía un práctica menos religiosa, es llegar a fin de mes, dejar las manzanas abiertas sin ganas de comer. El calor tibio de los lugares comunes ya lejos de París.
Es no esperar nada.
El simulacro de las canciones de carne, el orgullo o la piedad, saber que se hizo aquello que nunca se quiere. El deseo de muerte, la desaparición de los recuerdos, la vela pensante, la ventana boquiabierta, las puertas giratorias y las manos rajadas como un suave quejido de culpas.
El taxi afuera, que espera a todo el mundo, los sonidos parecidos, las errores memorables como diafragmas plenos que suspiran los huesos que ya no tenemos.
Por ahí, separarse tiene un significado menos apalabrado, son gestos pequeños, como la idea de saber que costará tiempo y dinero poder estar bien de nuevo.
Las despedidas suelen ser tortuosas y enormes, la soledad algo sabe de esto. Los solos sabemos que todo existe, que todo es posible en este juego de fuerzas y voluntades. Amar es complicado y separarse suele ser una discusión eterna entre los argumentos de uno y las excusas del otro que rara vez nos llevan a alguna parte. No se vuelve al mismo amor. Pero tampoco nadie nos devuelve lo vivido

martes, 13 de octubre de 2009

Taller de Memoria

El tiempo, por supuesto, nos va dejando una eterna dicción que nadie olvida. Habrían quedado un par de párpados en la mesa de saldos del último verano. Pendientes para luego cuando la laguna de las palabras fuese más que una mirada que se pierde y encuentra; más aún, como un fenómeno de las primeras derrotas, tierra húmeda, ojos anónimos soportando personas y frascos. Y aún, los brazos tibios, el aporte de las diosas transeúntes, y los gatos muertos que se pierden como sombras solamente, y silban las persianas y el viento que huye ajeno de tus inmensos hombros plateados.
Es esa vela encendida, sin valor, estática, y libre, transmisible de mano en mano, como acciones repetidas al filo de la cama. Y todavía más importante, los pasos anuales que se quejan talones y se frotan las manos con ese absurdo vómito que se cierra por las dudas hasta llegar al delicado éxtasis donde se administran las puertas. Al principio la gente entraba y salía quejosa, desde todos los lugares posteriores, y se dividían por todo el cuerpo sin parar un segundo de gemir y hablar, cual pequeños mercados sin sentido.
Las espaldas que pican, el tabaco, los días que se negocian; necesitan la semilla como excusa de futuro, como un planteo de los bienes que dividimos, las mitades que nos quedamos; la promesa que también se financia y especula. Lo tuyo y lo mío. Esas partes indivisas que quedan ausentes, pendientes de estímulos. La mitades que nos debemos, lo poco que nos llevamos.
Derivan las manos que nadie entiende. Más o menos, todos contaban la misma historia, también ella. Que le hubiera tirado con los patines por la cabeza, que no cumplía las expectativas de lo que se desea y se puede. Que no vuelva más. Que se calle por favor. Que sus regresos son como lastimaduras, preámbulos siniestros. Canciones gastadas, promesas huérfanas, inútiles. Descascaradas ganas de darle vuelta la cara de un solo revés. De salir corriendo. De arrancar de cuajo la ansiedad entera, las manos que atrapan, las palabras que seducen y encantan. La era primera, el misterio de empezar de nuevo, de escribir los finales por fin, por favor.
Las sociedades tienen esa costumbre mezquina de regular los hijos, las cenas, las causas, el régimen de lo que nadie pregunta. Esa sonrisa arisca de ellos y los otros. Yo no sé que sucedió. Como terminamos así. Y luego el silencio inoportuno de los que no llegan nunca. La memoria como un ejercicio de la historia universal de la humanidad entera, para no repetir viejos errores, para aprender de las causas y los objetos, sensible manía de esperar que todo suceda, los inicios capitales, las deudas de acrílico, los ojos borrosos y la idea de saber que andarás haciendo hoy tal vez.
¿Para qué? Sería la primera pregunta de los inútiles cuestionamientos que se gestan en tardes como éstas. No hemos aprendido nada, sugiero y me levanto enfurecido de las tormentas en mi cabeza. Luego las respuestas llegan con el desayuno y los pentagramas quizá, de los celos viejos y las nuevas ganas de que todo salga bien.
Y aquella, como balance nítido de los recuerdos que bajamos por las dudas y los amigos fijos y los muebles pasivos, y las horas quietas. Ya casi ni exigimos.
Todo el mundo vine mal parido y surgen las preguntas por que sí y se dividen los torsos también cuestionando las ventanas y los años que se nos van. Pasan volando como chapas filosas. Las mujeres se despiertan relevantes, fuman los cabellos seguros, y marihuana, respaldan sus pasos quietos, inmóviles viajes de un lado hacia el otro. También se divorcian sus días líquidos, el riesgo de atarse a lo que ya no se tiene, y pregunto mientras un piano de luna y nácar se asoma por la ventana, y sus melodías se repiten cansadas, diáfanas como un nombres fresco que entra en la ilusión de lo inesperado.
Llegan sus manos integrales hasta que nos volvemos errores iniciales, deformantes contornos de la paciencia, sombras licuadas, hormonas corrientes de aliento y espárragos.
Está bien, suponen los filósofos y los psicólogos; la ganancia que deja de pertenecer a los vencedores, pobres corazones muriendo secos como pequeñas luces callejeras que se van apagando al compás de los sueños de nadie.
La memoria al revés, ejercitada así, al azar, apenas es una variable posible. Lo mejor a veces es tomarse un café, olvidarnos las cifras, el desgaste de los muslos; dejar por fin que un nuevo abrazo nos sorprenda simples. Preferentemnete por una misma vereda.
Ya lo sé. Terminaste de leer esto y acá viene la segunda pregunta ¿Dónde quiero legar?
No tengo la menor idea. Para llegar a algún lado tal vez debería primero partir de todos los puertos posibles y buscar aquello que me deje la memoria en paz. Esto supone vernos así, incoherentes, viejos y organizando el final de los recuerdos que no ya lastiman como antes.
¿Dónde se han ido todos? Me pregunto. Silbo un cigarrillo, barajo algunos nombres y voy en busca de aquella que espera mi llamada.
Esta es la única vez que los solos vigilan atentos la noche palanganeada.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Porque sí


Hoy por ejemplo tenía las más diversas ganas de llamarte, saber como estás, qué es de tu vida. Se me ocurrió también salir corriendo a buscarte y darte un fuerte abrazo, uno de esos que no son de los finales. Sino que tienen el principio en el sabor instantáneo de los arranques porque sí.Decirte de mi libertad y mis equivocaciones, provocarte un beso y la reacción de tus manos mezcladas con mis ganas de empezar de nuevo. El sueño transitado de cumplir lo que cambiamos, de escribir tu latido en mi soledad, en los ausentes que son tus palabras cuando se oyen desde lejos. Y te imaginaba por un rato pensándome, tratando de buscar la manera de volver a las cosas simples, el abrazo pendiente, tus ojos colgados porque sí.Ya sé que dirás que no hay nada por hacer. Mezclo tus discusiones con el otro, con mis ansias ingratas de quererte para siempre, también porque sí. Bajo hasta la vereda y enciendo un cigarrillo imparcial, lo objetivo se ve distante y prometo saber el sabor de tus pasos transeúntes yendo de un lado haca el otro de la razón.Quizá sea mucho más simple hoy. Tal vez le des rienda suelta a tus ganas de estar de cuerpo entero por fin acá, a un costado del día a día mío y tuyo. Digo, podrías dejarlo y todo y venir a buscarme. Y estar juntos, viejos, jodidos y arrugados. Así, amándonos porque sí.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Elogio al silencio

Ya sé que por ahí éstas no son horas de llamar. Sé también que me hago invisible con tu silencio, como un fantasma de moda que camina pálido los primeros balcones de la ciudad.Todavía siento el gusto ácido del último caramelo de limón que chupé. En mi boca tus ojos son como cicatrices blandas y ásperas; qué curioso, tus manos se escapan ángeles, melodías enfermas que me dicen que los finales son así. Tan parecidos al abandono del cuerpo que ya no tengo, ni adviertes.Desde lo íntimo subo escaleras como cabezas que piso, y me gano los cielos y la gente me ignora pendiente con el sabor en el aire a tabaco rubio donde me refugio para pensarte tal vez caminando las calles de enfrente. Y levanto la vista, y en puntas de pies el asfalto que quema, me subo a los abrazos que dejo y miro por sobre mi hombro la gente que lleva tus caras y tus mismos gestos.Desde la cocina de los ausentes juego con el agua, me rapto un acariciador para esas noches en que tengo ganas de alguien que me diga temprano, bien temprano a la mañana “buenos días” con la simpleza que solo las palabras simples tienen. Con ese tono bajo y dulce tus párpados que sólo yo entiendo y rapto.Y te sigo escribiendo aún, con la consigna de que al fin mes escuches desde este lado de las casas, desde el redondel perfecto de la melancolía que dibujo sobre un vidrio empañado con letras fosforescentes que se ven de todas partes. Y mi frente triste dispuesta a dejarse amar, como asilos deliciosos que intercambian sonidos y preguntas también.Vos crees haberme olvidado y esta vez tal vez sea algo así. Espero desde una península de la costanera ver tus hombros brillar como un único sol humano devoro los contornos de tus ganas de volver que ya no tenés. Tiembla mis ganas de llamarte y no. Imagino un rostro hermoso haciéndome un gesto espléndido de aceptación. Como la otra noche, en el sueño perfecto de los últimos tiempos. Enciendo mi cama como una esperanza, como un puerto donde me siento a descascararte las manos. Todavía siento como se destapan los frascos cunado cocinás. El viento me cuenta el resto. Y sino lo invento.Siento que cada lugar donde vaya ahí estarás. Como una persecución desafinada y enorme como el amor. La fiebre que se escucha cuando te pido permiso para entrar esos recuerdos que llevas como collares pesados. La gente me mira por la calle desconociendo mi desgracia, yo con mi cigarrillo de los olvidos de siempre, suspendido en el aire y la espuma de las nubes dispersas por el cielo que me ahoga.La música allá abajo –pienso- como una ola gigante que arrasa tus manos que no me alcanzan. Vuelvo a mi habitación y tampoco hoy has llamado. Qué raro, porque siempre digo que no te espero. La sala de vez en cuando se siente así de sola. Hoy por ejemplo entro como queriendo quebrar todo este perfume quieto todavía. Tan grande es el silencio que me dan ganas de aplaudir. Aplaudo graciosamente el horror de todas las cosas vacías.

sábado, 19 de septiembre de 2009

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Habría huido de sus bocas, de sus ojos azules plácidos, acomodados con los dedos sobre el horizonte primero donde alcanzaba todas las cosas. Esas palabras quietas, habrían sido la melodía diáfana de sus mañanas también. Y habría salido aún de su casa con el café instantáneo todavía en sus labios, esa música astuta que las madrugadas despiertan lo que no puede ser. Y su almohada de primeras veces, llanto contenido, abrazo de los gemelos habría sido inmaculada como sus esperas todavía. El semáforo de color rojo esa vez, mientras esperaba que las cosas cambien, una lluvia tenue (casi como un susurro) sería la compañía estática que se concentra en los nombres que ya no vienen.Hubiera escapado hasta sus montañas, con los ojos bien abiertos despachando preguntas y asombros que ya no importan a nadie más que a él. Y se hubieran muerto de risa o espanto de tan solo verse ahí parados frente al mundo con aquellas costumbres que la rutina gana. Y hubiera preparado la cama, las sábanas bien frías y estiradas casi hasta la perfección posible de no poder entrar sin escribir una arruga sobre esos torsos.Las ventanas serían las mismas de siempre, como también las puertas que llegan y abren los sueños posibles quizá. Llegando siempre a la mesa como una ceremonia de abrazos y muecas, y contarse tal vez lo que a nadie más que a ellos importa.Uno en los balcones deambulando por ahí, generando la gracia de los deseos que pronto vienen, otro más entero, más nuevo, sería el lugar de los permisos, los puertos, las bahías, y luego esta amargura plana.Y pensé, al no llegar, que podría haberse distraído con la música de los que saben que nuestro amor fue posible. O que se habría detenido en aquellos detalles que nos faltan, o con sus ojos bien abiertos hubiera podido irse a buscar sus playas, donde siempre pierdo todas las cosas. Y sabría aquella primera palabra que diría al verme, y ese abrazo inmenso, incalculable que nos daríamos al regresar después de tanto tiempo. Casi me lo sé de memoria a ese instante. Y sobraría esa música empalagosa de las vueltas, y no habría otro sonido que la de nuestros huesos apretados bien fuerte. Nunca se permitieron encontrarse así, francos y despojados de los prejuicios y las miradas de otros que no entenderían nada de lo que vivieron. Llegaría el momento de ponerse al día, de sus sexos fundidos ya sin gemidos, y los pasillos y los techos habría sabido como contener sus manos largas y ansiosas como la primera vez que se tocaron.Habría escrito las palabras mejores cuando su cara de paciencia me escuchaba sin entender nada de lo que le leía. Y me abrazaría para colmar mis ganas de compañía y le ofrecería derrotarnos en la cama (otra vez) y mencionaría al pasar las ganas que tenía de abrazarme, de verme llegar.Yo hubiera esperado todavía, sin entender que otros brazos le ocupan el pecho, y los cabellos dorados me harían acordar seguramente a los veranos que están atrás de la heladera. Y le diría que llego de un mundo raro, que el dolor no me hubiera ganado de todos modos. Le empataría el tiempo perdido hasta que se duerma en mis brazos por fin, y yo le diga que ya todo pasó. Dormiría eternamente hasta que la luna se cicatrice victoriosa.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Del libro de los miserables.


Tenía las contradicciones propias de los años adversos. Lo solos disfrutan la probabilidad de las cosas inciertas. Se levantó temprano como la costumbre de las mañanas se lo permitía, preparó una taza caliente de café instantáneo, leyó los diarios por Internet y dejó que los pies fríos cayeran suaves por el piso. Se rascó la cabeza pensando sus vacíos, miró la ventana y de ahí la calle, y se fue con la vista por los barrios empinados mientras revolvía el azúcar que descansaba en el fondo de sus sorbos.Llega un momento en que se dan cuenta de sus manos vacías, de algunos fracasos, de las posibilidades que se pierden por temor. Digo, y sostengo, que la soledad no es casualidad.Un cigarrillo largo le servía para sostener sus labios secos ya. Pensaba y pensaba como queriendo descifrar los crímenes de los silencios exagerados. Había una foto que le llamaba la atención desde sus puertas y los muros. Sabía que más tarde iría a jugar al bingo a la casa de Valeria. - ¿Dónde puse las pantuflas? le preguntó al perro. Afuera, sonaban las bocinas enloquecidas mientras una quietud raquítica le avisaba que los días se le estaban pasando de largo.