La puerta había tomado la forma
del olvido. Primogénito el silencio se esparció en columnas apiladas por toda
la ciudad. Así se construyeron pueblos enteros. A veces, no hubo un solo día en
que todo fuera tranquilamente silencioso. Y caminar esas calles mojadas, repletas
de hojas anaranjadas hacía más húmedo su nombre. La paciencia se convirtió en
poesía y sus ojos caminaban como meneando el tiempo. Ese rasguño en la cara,
apilado arruga sobre arruga, mantenía intacto el anhelo de volverse a
encontrar. Pero, ¿cuándo? ¿de qué forma? ¿en qué preciso momento, de todos los
momentos de espera, podrían cruzar al menos una palabra? Se peguntó. Una
palabra, una mueca, un revoleo de párpados, un aleteo de caderas, que no hayan
sido antes canción. Se habían imaginado de mil formas distintas, olvidándose
poco a poco hasta convertirse en dos extraños perfectos del tiempo y de las
barcas. Así termina todo, dijo uno de los dos mientras se encogía de hombros.
Ahora la distancia era apenas un susurro. Como una brisa que te salpica en la
cara una lágrima de poeta. Los finales son finales dijo alguno que esperaba en
los andenes de todos los pueblos. De pueblo en pueblo. Llevaba consigo su
nombre escrito. La memoria suele ser tan espantosa con los años que la gente
tiende a olvidarse las cosas esenciales. Y siguió esperando con el paso erguido
y la voz tomada. Guardando una sola palabra para cuando se cruzasen. No vaya a
ser cosa que para entonces se haya gastado la voz, pensó. Y cerró los ojos
imaginándose todo.Yo Soy solo (R), un espacio para los solos. Todos los textos de este blog se encuentran Registrados y los Derechos reservados. El libro de Yo soy solo (R) se encuentran en proceso de edición y los derechos pertenecen al autor. Aquellos que deseen editarlo deberán comunicarse con el Autor.
miércoles, 29 de julio de 2015
De pueblo en pueblo
La puerta había tomado la forma
del olvido. Primogénito el silencio se esparció en columnas apiladas por toda
la ciudad. Así se construyeron pueblos enteros. A veces, no hubo un solo día en
que todo fuera tranquilamente silencioso. Y caminar esas calles mojadas, repletas
de hojas anaranjadas hacía más húmedo su nombre. La paciencia se convirtió en
poesía y sus ojos caminaban como meneando el tiempo. Ese rasguño en la cara,
apilado arruga sobre arruga, mantenía intacto el anhelo de volverse a
encontrar. Pero, ¿cuándo? ¿de qué forma? ¿en qué preciso momento, de todos los
momentos de espera, podrían cruzar al menos una palabra? Se peguntó. Una
palabra, una mueca, un revoleo de párpados, un aleteo de caderas, que no hayan
sido antes canción. Se habían imaginado de mil formas distintas, olvidándose
poco a poco hasta convertirse en dos extraños perfectos del tiempo y de las
barcas. Así termina todo, dijo uno de los dos mientras se encogía de hombros.
Ahora la distancia era apenas un susurro. Como una brisa que te salpica en la
cara una lágrima de poeta. Los finales son finales dijo alguno que esperaba en
los andenes de todos los pueblos. De pueblo en pueblo. Llevaba consigo su
nombre escrito. La memoria suele ser tan espantosa con los años que la gente
tiende a olvidarse las cosas esenciales. Y siguió esperando con el paso erguido
y la voz tomada. Guardando una sola palabra para cuando se cruzasen. No vaya a
ser cosa que para entonces se haya gastado la voz, pensó. Y cerró los ojos
imaginándose todo.lunes, 29 de septiembre de 2014
YO ME QUEDE
Escribí esto más que nada para perderlo.
Tantas veces me pasa escribir algo y no encontrarlo por ninguna parte…
Sé que vas a entender. Vos mujer del aire, que siempre entendés todo, te regalo éste poema de explicación. Te diré que pusiste la voz en la llaga con la poesía del otro día.
Y ahí me quedé…
Te ví volar por encima mío llevando en tus codos las charlas mientras me reía de todo.
No pude irme, aunque moría de ganas de salir corriendo a buscarte.
Y ahí me quedé, soplando las palabras hacia arriba (como las burbujas) sabía de tus libros, de ésas historias, del otoño en tus ojos profundos. Atrás de tu paciencia ya tenías dibujadas un par de alas.
En cambio elegí atarme los zapatos para no caerme. Yo y mis miedos!
Te devolví el saludo que me hacías desde el aire con tu mano extendida.
No supe si era un convite o qué. Y me quedé. Lleno de tu magia ausente de tus palabras revolcándose entre las sábanas del perfume fresco de la mañana que me dibujabas con una mueca de afecto.
Me quedé esperando que septiembre viniera con las buenas nuevas. Que me dijeras que está bien.
Que todo se va a solucionar. Mientras vos te ibas me mirabas apenas por sobre tu hombro.
Y yo me quedé!
Me quedé pensando
ésta poesía.
lunes, 18 de agosto de 2014
EL CAMINO DEL VIAJERO
No hubo un puerto específico. Todos los lugares eran míos y
no. A veces empezar desde una partida significa que el camino debe andarse. No
queda otra. Recuerdo que agarré un bolso apenas repleto y el pasaporte ya lo había
imaginado antes lleno de sellos. No tengo la menor idea donde me llevan los
caminos, entiendo, que siempre habrá al menos dos posibilidades: partir y
regresar. Me imaginé muchas veces la mano alzada como despidiéndome de algo o
de alguien, sin embargo los andenes siempre estaban vacios. Así nos despedimos
a menudo. Con la simpatía de no saber nada del mundo. De no saber nada del
otro. Y a veces está bien ser desconocidos, la sorpresa llegará cuando el sol
tibio de las bienvenidas nos abran los brazos sin importar a qué lugares vamos
o de dónde venimos.
Al fin y al cabo somos nómades por naturaleza. Ni aun
estando estamos. Nunca quietos, palpitamos la inconsciencia de lo desconocido
casi por capricho. Está bueno no saber. De eso se tratan los mapas y las guías.
Caminar con el rumbo inespecífico de la vida. Dejarnos sorprender por la
belleza de los días, de un amanecer apenas, de las pequeñas cosas. Olvidarnos
los nombres, como crucigramas incompletos para llenar otros casilleros. En
algún punto, cada partida, necesariamente, debe ser una bienvenida. Lo digo
para aquellos que vamos y venimos todo el tiempo.
Saber que una postal no debe tener necesariamente un
remitente. Darnos cuenta que, de todos modos, las personas somos fantasmas en
tránsito. No nos pertenecemos a alguna parte; y la experiencia de los pasos nos
llevarán a recuerdos de donde nunca estuvimos. Jamás me imaginé parado dos
veces en un mismo punto del mapa.
Las calles que se arriman como sopapos una sobre otra, sabrán
servir de poesía. Aquella memoria musical de todas las cosas. Cada tango
pertenece a un aeropuerto. Rústica la mirada sabrá perderse en esa línea
siempre inalcanzable del horizonte, allí donde las fronteras nos esperan con
una historia de café.
Los viajeros no nos
conformamos con comprar un par de alas. Volar tiene que ver con el espíritu y
no con la mecánica manía de partir. Nada nos asegura la espera. Pero sin dudas
que siempre alguien habrá para abrirnos las puertas de los ojos de par en par.
Y como fotografías, iremos dejando una marca en algo o en alguien. Como quien
viaja sin irse. Como quien se va, sin partir jamás.
martes, 17 de junio de 2014
"LA ESPERA EN SU BOCA"
La
vi ahí quieta, como parando al mundo entre sus ojos. Me pregunté qué terribles
pensamientos darían vuelta por sus plateas,
en aquel hospital psiquiátrico. Yo le alcancé mi aliento como quien le
apoya una mano sobre el hombro. Ella no supo o no quiso responderme con la
mirada. Tan sólo se fue de nuevo, sin mover siquiera un único músculo. Su
cuerpo estaba perdido, enredado en alguna extraña obsesión. Sabía que era todo
lo que tenía. Eso era la soledad. Quise definirla en una sola palabra, en un
verso siquiera y me salió ésta imagen. El suelo tibio de aquel escalón me lo
dijo todo. Yo me empecinaba en escuchar una mueca de su pasado, ella
seguramente habría pedido que me vaya rápido. Creo que no le importaba nada
más. Ni siquiera estaba ahí ese nombre que no nombra. Ya no aguarda la visita
de alguien que tarda en llegar. Eso es la espera, insistí. Ella se rascó la cabeza como un último
esfuerzo. Después supe que todas las
mañanas de todos los días salía al patio, se sentaba ahí donde la encontré y se
ponía a mirar un punto fijo. No supe imaginarme sus heridas o sus deseos más
íntimos. Reanudó sin voluntad su respiración una vez más. Supimos que los amantes
a veces se van, y la piel se cuaja con el cansancio. Alguien debió extraviarla,
pensé. Alguien debió dejar una promesa sin cumplir en toda esa gloria amotinada.
domingo, 22 de septiembre de 2013
ESA MANIA DE PARTIR...
Que extraño pensar que aún forme parte de tus caprichos,
esto de extrañarme muchísimo no me alcanza, aunque me hayas dicho que soy parte
de tu olvido, tampoco me hubiera gustado ser esa parte de algo.
Acá me voy a detener un segundo.
Parte, partir, son dos
palabras que detesto y por eso las repito al inicio. Por un lado, porque en cualquiera de sus
acepciones me disgusta , por otro, su sonido es escéptico, increíble, doloroso.
No hay merteolate que alcance.
Parte,
como porción, como algo pequeño, como un complemento que no llega a
complementar nada. Parte de partir, de irse, de huir, de escaparse de todo y de
todos. Parte, de romper, de partir, de disolver, de hacer añicos alguna cosa.
Y me puse un rato en pensar el sentido que le das a las
palabras, la orientación de la voz, la posición del cuerpo, qué postura o
tonada habrás tenido al escribir que yo soy parte de algo tuyo. Inclusive esa
percepción de pertenecerle a alguien me molesta intensamente. Y ojo, que
escribo adjetivando para que entiendas que las personas no se poseen todo el
tiempo. Yo decido prestarte, convidarte algo mío. Yo defino hasta cuando, hasta
dónde. Amaso la paciencia, la exagero, miro hacia un costado y al otro, me fumo
una canción de Arjona, pero siempre aparece el pronombre YO, a propósito, como
preposición, delante de todo. A pesar de todo.
Y no hablo de resignación, ni de cansancio siquiera. No
estoy cansado para nada. De hecho, me levanto a la mañana de un salto, abro bien la persiana, huelo ese
aroma fresco de la madrugada, a calle casi intransitada. No es silencio lo que
percibo, sino quietud y paz.
Me libera la sola idea de saber que no dependo
sino de mí mismo para todo. Que no soy parte de algo, que nadie es parte mía.
Si faltara al laburo, alguno podría darse cuenta, pero estoy convencido que
pasaría inadvertido salvo para los refunfuños de mi jefa. Eso me alivia.
Ahora si hablamos de partes, como vos decís. Me pregunto si
seré esa parte que no parte. Porque te elegí muchas veces y en algún momento te
volvería a elegir, en otros tiempos, en otras cosas. Porque si entro en este
juego de palabras, de partes, de partir, ya no estoy. Digo, no soy el mismo de
antes. Es más, me miro al espejo (de cuerpo entero y no por partes) y noto que
mis edades son distintas, y que no extraño lo que no tengo, sino que espero lo
que quiero.
Por ejemplo, yo no quiero una parte de mi sueldo, ni ver una
parte de la luna, ni tomar una parte del café, ni fumarme una parte del pucho.
Quiero que las cosas de una vez por todas sean enteras, eso me propongo.
Ni siquiera este texto es una primera parte. No habrá
segundas. Puede ser que quede inconcluso en algunas oraciones o pensamientos,
pero esto que escribo es todo. Es absoluto, completo. No me guardo algo para
luego. No cuotifíco las frases ni fracciono mis acciones. Tampoco me gusta
quedarme a mitad de camino de nada. Sería como mirar una parte de cualquier
película y quedarme con las ganas del final.
Ergo, de nada sirven las partes por más inspiración que
contengan. Y por eso aclaro que no formo parte tuya. Estoy entero o no estoy
nada. Y si te proponés extrañarme muchísimo como advertís, extrañame completo,
con lo bueno y lo malo, sin discriminaciones innecesarias. Porque sigo exacto,
buscando algo o alguien que me ame con todo lo que tiene, y defienda ese amor
con todas las armas posibles. Repito, que esa “esa parte” que decis tener
dentro tuyo es sólo una ficción, pero que en nada se parece a mí todo.
lunes, 5 de agosto de 2013
DESENCUENTROS
Nos desencontramos todo el tiempo. A toda la gente le pasa esto. Es como ir a
contramano unos con otros, renglón tras renglón siento que cuento siempre la
misma historia. Es como escribirnos de memoria, es como el gusto suave del vino
tinto. Sabemos que no nos vamos a encontrar y sin embargo nos buscamos. Muchas
veces no sabemos hacia dónde va dirigida esa búsqueda, pero somos conscientes
que nos vamos a encontrar. Y nos perdemos. Entonces me pregunto si está bien
perder, por ahí el intento vale la pena. Otras veces sacrificamos nombres y
personas; y la gente se nos escapa, aún cuando el escape sea la única
posibilidad. Dejamos pasar las cosas pensando que el tiempo lo cura todo. Y es
mentira! El tiempo no es el remedio. Hay laberintos de los que nunca se sale,
nos enroscamos, firuleteamos las frases ya conocidas creyendo que algo puede
cambiar. Que nosotros podemos cambiar las cosas. Nos desencontramos y no nos importa.
Creemos en las vidas sucesivas, nos matamos con el olvido, como si se pudiera
borrar la experiencia vivida. Capaz que muera antes que muchos. Antes de lo que
cualquiera pudiera llegar a pensar. Y no pensamos. Tampoco la solución está en dejar
partir. Partir significa dividir, separar, soltar. Que idiota yo que pensaba
que siempre iba a tener todo al alcance de la mano. Ahora tengo este cigarrillo
entre los dedos (que también me mata) y cuando quiero acordar sólo queda la
ceniza inerte, inmóvil. Me pregunto en qué momento mi boca se encontró con el
humo y divago. Es raro pensar que no
tenemos nada. Que no somos dueños de nada. No nos pertenece ni este milésimo
segundo de vida. Es de otros ya.
Nos desencontramos creyendo habernos encontrado. Y me
pregunto qué queda después del aplauso final, cuando el telón se baja, cuando
el sol se esconde, cuando no abrimos la puerta, cuando no atendemos el
teléfono. Nos creemos satisfechos con el bien cumplido. Hicimos lo que teníamos
que hacer. ¿Lo hicimos?
domingo, 24 de marzo de 2013
El amor no es para los cobardes
Parecía sacado de un libro de Bucay. Pero no, como cuando
jugas a los dados, o al póker, o la ruleta. Jugarse todo a una nueva mano, y
perder, y aun así volver a comenzar todo de nuevo, tiene sentido. Arriesgarse una
vez más, intentarlo otra vez, sabiendo
que es probable el riesgo de volver a caer. Y habrá que levantarse, y habrá que
construir todo cero, desde el primer ladrillo, con las manos vacías.
Y vas a putear, vas a llorar, vas sentir la rabia en la piel
como una llaga, vas a vivir el sentimiento de la frustración, el significado de
añorar lo que fue. Construir una nueva ilusión, dejando el pasado donde debe
estar. Como escribir una nueva historia, una novela distinta, cambiando de
escenarios y personajes, vas a darte cuenta que al fin y al cabo vos mismo te
estarás dando una nueva oportunidad.
Siempre dije que el amor no es para los cobardes. Hacen
falta valientes, soñadores, personas que arriesguen lo mucho o poco que tienen.
Pero que se jueguen eso. Que no se guarden nada. Te vas a encontrar con gente
amarreta e insignificante que deambulen la vida de un lado hacia otro
chocándose contra los muros. Vas a escribir que el dolor duele, y que la vida
es corta; que te pesa levantarte a la mañana y que es mentira que el sol canta
cada día una nueva canción. Es probable que también maldigas a tu dios, o al
destino, y te preguntes más de una vez ¿por qué a mí?
Y a pesar de todo, habrá una tarde nueva para tus ojos, y
que buscando entre los crucigramas o los diccionarios te encontrarás diciendo
un nombre que nunca habías nombrado. Habrá seguramente alguien que tenga esa
búsqueda parecida a la tuya, y sin brújula y sin sentido, sabrá encontrarte en
el camino menos pensado. Y te va llenar de luz la mañana, y sabrá decirte al
oído esa palabra que signifique paz para siempre. Con una guitarra en sus manos
te acariciará cada vértice del cuerpo sin tocarte, y probablemente hagan el
amor solamente con el dulce roce de sus miradas. No harán falta las promesas ni
las palabras. Bastará acercarse a la noche con sus ojos de chocolate para que
sueñes una vida entera. Y al levantarse te servirá un rico café y con un beso
en la mejilla que habrá dicho que tengas un lindo día.
Porque de nada sirve el orgullo, no se recupera el tiempo
perdido y entonces habrá personas buenas y otras insignificantes que se te
crucen en estas semanas. Pues debes cruzar de vereda. La ignorancia no es
desprecio, sólo que alguien que no tiene sueños no puede alcanzarte ni siquiera
una estrella. No te hará recordar los seres perdidos, no te llevará de pesca
por la luna, no te regalará ni una sola poesía de vino. Los valientes, en
cambio, dejarán todo por estar ahí cuando vuelvas cansado del trabajo, junto a
vos sin que nada importe y te preguntarán si has tenido un buen día. Sabrás
responderle con un abrazo que llegue desde el cuello hasta el cielo y morirán
de viejos o enfermos tocando el piano a orillas del mar. Y se acordarán de
estos días buenos. Porque de los malos, solo sabrán los que se arrepintieron de
no invitarte a fumar el mar. Esto pasa en mi ciudad. Cada tanto alguno se ahoga
de pena.
martes, 19 de marzo de 2013
Cuando los ojos no sirven de nada
Caminabamos por la calle, dando una vuelta por el Parque San
Martín. Entre el barullo de mis pensamientos tuve la sensación que alguien me
observaba. Por ahí el silencio era lo más oportuno en ese momento cuando
pensamos la vida como un suplemento cotidiano que nos hace ver las cosas de una
manera distinta.
Hace tiempo que me dí cuenta que el destino te ayuda a
desarrollar otros sentidos tan sinceros como la mirada. El olfato por ejemplo
me ha dejado muchas veces ese olor a tierra húmeda, tierra de caminos andados,
de lomos sobre lagos, de montañas que ahora son recuerdo. Casi en un mano a
mano luchando con el olvido. Las cosas se nos pasan de largo. Inclusive cuando
te esforzás por retener algún pequeño instante, la memoria es derrotada. El
olvido apenas como una llovizna se enlaza entre los dedos de la mano y se
escapa, saliéndose con la suya. Y mirarte a los ojos tampoco era sano. La
palabra dejó de ser palabra, y casi como quien se enferma de algo, se nos
enferman los días, las semanas, los jueves, y el tiempo también es vencido. El
tiempo, como tiempo, resulta ser apenas una construcción poética. Una metáfora,
efímera y arenosa, imperceptible casi.
¿Y qué miramos cuando miramos? – me preguntaba.
O mejor aún, ¿qué miramos cuando no miramos? ¿Cuándo no
hablamos, que palabras decimos? ¿Qué nombres?
domingo, 24 de febrero de 2013
PARA "PUTIAR" UN RATO
Un día tan choto (o gris) daba para ponerse a escribir. Dudaba
si hablar en castellano neutro, español antiguo o mi forma danielesca de
inventar palabras y consonantes y situaciones, o què mierda hacer. Asi que no
sè què es lo que va a salir, pero digamos que me sentè en mi rincón preferido y
dejè que las cosas salgan como quieran salir. Como se le den las regaladas
ganas de salir. Digo esto, porque no tengo pensado poner ningún tipo de reparos
para que ello suceda. Total, hoy es domingo y es como que en èste dìa cualquier
cosa està bien. Por ejemplo, no sè donde mierda quedó el acento en el teclado.
Al principio dije, escribo y después lo corrijo, pero si lo hubiese hecho asì,
estè renglón no hubiera tenido sentido. Entonces, està bien que vean que no les
miento. Despuès de todo, ¿cuàntas veces decimos esas cosas que estamos pensando?
Vamos a traducirlo. En lo cotidiano, estando sòlo o acompañado o como sea, ¿cuàntas
veces te han preguntado como estàs con la sincera idea de conocer aquello que
pensàs? El lenguaje pasò a ser un formulismo, un formalismo tambièn. Valen las
dos. Formalismo en ese sentido casi idiomático para pasar por alto las largas introducciones
dogmáticas hasta llegar a vincularte con el otro. Y formulismo, lo digo en el
aspecto del formulario predispuesto con el que hablamos. Nos dice hola,
respondemos hola. Nos preguntan estàs bien, y respondemos, si. Y asi
sucesivamente podemos pasarnos horas sin decir nada de lo que pensamos.
Yo creo que estuve como media hora frente a mi computadora
mirando la pantalla vacia. Ella no me decía nada y yo tampoco. Apenas una música
suave sonaba detrás de la cocina, detrás del comedor, detrás de mis ojos. No
vayan a pensar que ahora mis ojos son una guitarra. Es una metáfora. Igual
llega un punto en la vida en que realmente te pones a pensar si también la vida
no fuere acaso una imagen de la mente. Vamos, los escritores tampoco que
hayamos inventado todo! Algunas cosas no están en nuestras manos. ¿Còmo cuales?
Y.. de pronto se me ocurre que el destino no està en nuestras manos. ¿Què cosas
te parecen a vos que han dejado de pertenecerte? Al fin y al cabo no tenemos el
dominio de nada. En su caso, existe un sentimiento parecido al que podría definir
tranquilamente como pseudoconfianza que nos hace parecer que las cosas pasan
porque asì nosotros lo decidimos. Bueno, no. Hay dos teorías que yo manejo al
respecto. O hacès algo para que las cosas pasen o dejas que pasen por si solas.
El éxito no depende de ninguna de las dos. Tampoco que piense que las cosas
suceden porque están escritas. Eso es mentira. Imaginate yo, escritor, la
cantidad de cosas que me pudiera haber escrito y sin embargo nada.
Entonces, entrè en la duda de ponerme a escribir como ya les
dije, sin saber, si la persona que por ahí me interesaba que me leyera iba a
hacerlo. De todos modos, la sola idea, la poco probable posibilidad que esto pasara como que me motivò algo.
Y me pregunte si valìa la pena gastar un poco de palabras
asi porque si nomas. Asi como de costumbre, o por casualidad. Despuès pensé,
las palabras están ahì, en el aire, y si yo no las uso nadie lo hará por mì.
Ademàs, es domingo…. (insisto).
Ah, y ya como que se me fueron las ganas de escribir. Y
dije, si hay alguien del otro lado que me està leyendo me va a putiar si
termino acà y me pongo a ver el partido. Pues bien, lo termino acà. Nos vemos
la próxima!
lunes, 11 de febrero de 2013
ESPECIAL 14 DE FEBRERO: ENTERATE QUE EL OLVIDO NO LLEGA, SE VA.
Aprovechando el feriado de carnaval, me levante temprano,
cosa de estar un rato solo sin que nadie me moleste o me diga “mira que hay que
limpiar la cocina” o “hay que poner la ropa a lavar”. ¿La ropa no se lava sola?,
pensé. Que embole.
Lo primero que vi fue la noticia del Papa que había
renunciado. No me interesó una mierda, no me puse ni contento ni triste. Es
más, prendí un pucho y ya me había olvidado.
Y después, ya en el Facebook, me di cuenta que se acerca el
14 de febrero. Y este puto de San Valentín que se le ocurrió generar una fecha
tan significativa cuando realmente vos tenés significado para alguien. Regalás
o te regalan flores, chocolates, una cena romántica, brindis de honor, copa de espera,
o lo que se te ocurra. Ahí la imaginación sirve. Es como una tregua, un
paréntesis. Después siguen los quilombos de siempre en la pareja; se pelean
como todos los días por las mismas cosas, te insultan, vienen los reclamos y
cuando te querés acordar pasó el 14 de febrero, y ya es 15 y te das cuenta que
lo único que te quedó es un una caja con forma de corazón hecha mierda, porque
fue lo primero que voló cuando se dan cuenta que dejaste el calzón en la ducha,
o no lavaste los platos o todavía sigue a un costado de la cocina ese montículo
de basura que barriste la noche anterior y que no se te dio las regaladas ganas
de juntar. ¡Y los solos se quejan! (pensé entre mí).
Puse una canción conciliadora para mi mente, que me dejara
fumar tranquilo, medio a oscuras todavía. Una paz total. Toda mía. Sonaba así,
medio bajito, Ella baila sola “fuimos lo que fuimos”. Después de leer esto,
ponela y escuchala que está buena. Ahí medio entre frases pelotudas y fotos
amarillistas alguien posteó está canción con el reclamo “por qué no llega el
olvido”. En realidad no sé si fue queja o pregunta, pero me quedé pensando.
Me cuestioné casi todos mis olvidos, los descuidos, los
errores pelotudos, y casi como una lucha cuerpo a cuerpo apareció el recuerdo menos
pensado. Los recuerdos y el olvido son casi consecutivos de los nombres que
pensamos. A veces ni eso sucede. Ni nombres ni nada. A veces el olvido es sólo
silencio, o ausencia, o nada. A veces es solo olvido. O recuerdo.
Acaso, (me pregunto mentalmente para no despertar a nadie),
desde un punto de vista filosófico, no estaremos hablando de una misma cosa?
Desde lo existencial afortunadamente, tapamos las fotos, las
cartas, las frases, las imágenes cotidianas, y vivimos en la teoría, esperando.
Esperando las cosas más comunes, o la sorpresa. De todos modos nunca seremos
honestos con nosotros mismos. Hay una realidad que sentencio: el olvido no
llega, se va.
O me vas a decir que nunca esperaste nada? Bueno, te aviso
algo: Nacemos esperando o morimos esperando algo o alguien. O simplemente
esperando la muerte. Da igual, lo cierto es que sucede más seguido de lo que te
imaginás. La espera combate al olvido. Los recuerdos combaten al olvido. Ergo,
el olvido es el anticuerpo. El olvido se va calladito, nunca llega. Está o no
está. Así de fácil. Si no lo sentiste inmediatamente y sin proponértelo, el
olvido será la sombra de tus poetas internos. De tus andenes. De los abismos
mentales donde caen aquellos que fuman marihuana y que por un ratito, se van
del mundo. Dejamos de cosificar los pensamientos, y vamos y venimos del pasado
al presente sólo con una mueca o una seca. Dale que va!
Después te saldrán frases pelotudas, o se te vendrán a la
mente consejos inútiles que nunca pondrás en marcha. No hay caso, a ésta altura
dudo del olvido. Me suena más a un invento que a un verdadero estado psicológico
o mental. La mente no olvida. Está programada o chipeada para recordar. No existe
el olvido. (Ojo, que yo esto no puedo afirmarlo tan abiertamente porque también
soy poeta y si me descubren escribiendo esto estoy frito). Sobre qué
escribirían los poetas sino fuera por el olvido. Qué discutirían los filósofos,
que sería de los neurólogos sino fuera por el olvido?
Ponetelo a pensar. A vos te digo, que creeías que el olvido
llega con una brocha gorda y te pinta la frente de blanco. A vos que, no conforme
con esperar a alguien, también esperás el olvido. Y nos martirizamos cada 14/2
con canciones de forever alone. Y no seas idiota, no mires el celular. Tiene
muy buena señal, y si no te escribe es porque nunca se le ocurrió pensarte como
una posibilidad.
domingo, 3 de febrero de 2013
TEORIA SOBRE EL PERDON O LAS PELOTUDECES DE SIEMPRE
Domingo 3 de febrero. Son las 9 de la mañana, esto es
escribir en tiempo real. Me prendo un pucho, el primero inevitable casi, a ésta
hora. Igual me siento más fresco o vivo después de una buena ducha. No sé si
siempre las duchas son así, pero esta estaba rica. Me saqué ese olor ahumado
que tenía de anoche. Y es imposible dejar de pensar mientras me baño, creo que
ese es mi mejor momento del día. Analizo las cosas que aún no he empezado, los
proyectos pendientes, las ganas que tengo de tanto y que postergo.
A menudo postergamos, y te incluyo a vos y a mí, como si nos
pasara lo mismo. ¿Por qué generalizamos todo?, me pregunto. Debe ser un truco
para justificar que el otro, aquel, también padece las mismas manías. Pero ésta
es mía. El mundo cambió desde que probé los hongos alucinógenos en Amsterdam,
primero fue en Montana pero son dos cosas distintas. Aunque si tuviera que
describir cada una de las cosas que probé, esto que escribo estaría ya
censurado por el espanto de muchos. De mi vieja por ejemplo, que no sé si me
lee.
Y pienso también la vida y el futuro, y vuelvo un par de
días atrás, pero sólo para asegurarme que hubo un pasado. Sin no ya fue, ya
pasó; las cosas no se cambian en la ducha. Sólo se piensan. El pasado tiene ese
gusto ingrato y placentero a la vez pero que no te lleva a ninguna parte. Te
quedás estático con una mueca en la boca que no dice nada.
Sabés que los días pasan, hace poco nomás cumplí mis
primeros 34 años apenas. Se ve feo ese número en mi pantalla de la compu, así
que lo borro escribo otro número cualquiera y en este punto de la oración
vuelvo a escribir 34. Sería negarme lo vivido, cambiar los números no mejora
nada, ni modifica el futuro que ya tengo pautado. No por mí, sino por el destino.
Es un alivio saber que a ésta altura hay cosas que no dependen de mí. Aunque me
pertenezcan, siento menos presión en lo cotidiano. Al fin y al cabo, en este
tiempo aprendí que muchas cosas son aleatorias, lúdicas, inmutables.
Entonces me entretengo pensando que las palabras me acompañan,
y que un día de estos quedarán acá como una inspiración cuando ya no pertenezca
a ninguna parte. Y esto no es un diario, ni una confesión, pero es que hay
tanta gente pelotuda que pierde a sus seres con egoísmo inventado, con excusas
decorativas, que me dan mucha bronca las lágrimas que vienen después. Ni
siquiera tendrían derecho al llanto. A veces equivocarnos es el delito, como si
el error no fuera acaso el más certero de las posibilidades. El tiempo se acaba
y sin embargo las heridas se agrandan mágicamente. A veces perdemos hijos,
perros, amigos, por el orgullo del perdón inconcebido.
Es probable que nunca piense igual al otro. O mejor aún: yo
creo que tengas razón. Mirá lo que te digo. En la libertad del enojo yo te
apoyo y te perdono.
El imperdón no me pertenece. Perdoné las cosas que nunca
antes hubiera pensado perdonar, y me quedé con los enemigos suficientes para
que también estén cerca de mí. La ausencia y el silencio no te favorecen para
nada. Me parece que te hace más daño a vos que a mí. Ojo que las lecciones a
veces llegan tarde.
Me fui de tema. En realidad no sé bien si había un tema hoy
para escribir. Es como en el colegio, puse la fecha y dibuje un solcito al
lado, en el margen superior de la hoja. Me preparo un te de mierda porque no
tengo café, y dejo en blanco el resto del cuaderno. Porque con o sin perdón, yo
puedo afirmar que estoy sentado cerca de la gente que quiero. Como al principio
de todo, como cuando uno nace.
Nazco hoy con una sonrisa pensando que tengo que barrer el
piso para sacar los pelos de la gata, que por suerte ya no está más en celo. El resto, son pelotudeces que no afectan mi
tránsito por corto o largo que sea.
Me siento desde acá con mi saludo de siempre. Hacía tiempo
que no les escribía. Ni yo me escribía.
viernes, 5 de octubre de 2012
"EL BUEN SOLO BIEN SE LAME" DICE EL DICHO...
Cualquier tema musical en otro momento hubiera sido
perjudicial para mi salud. La casa había quedado un poco grande pero supe
llenar los huecos con paciencia y un poco de enduido. Si todo fuera así, habría
menos pintores. Y menos huecos, menos vacíos en el pecho de la gente. Nos
acostumbramos a estar solos, y casi como que nos vamos llevando el tiempo sin
llegar a ninguna parte. Podría sonar pesimista, pero atento al ruido de la
lluvia, me pregunto los lugares comunes que ya son parte de la historia.
Cuando algo termina, siempre viene algo mejor. Más fuerte,
más revolucionario, nos mantenemos expectantes, ventana de por medio, y cuando
menos lo esperamos el timbre suena. De reojo miramos apenas el pasado (que
pasa), y la tormenta se abre el pecho, y vemos bosque detrás del árbol. El buen
solo bien se lame, dijo Georgina. Yo no paré de reírme de las cosas que antes
no me causaban gracia. En algún punto me había rescatado. Siempre me salvo.
Ahora que el silencio me pertenece y vendo mi simpatía con
la postura cómoda de ser entero y yo. Como una sola cosa, un mismo ente que
intenta manguearle algo al destino. Reconozco que no nos hemos llevado muy bien
este último tiempo. Digo, el destino y yo. Tenemos la mirada cruzada y hablamos
de cosas distintas. Ya no nos entendemos como antes, y sin embargo siempre nos
encontramos en el mismo punto del camino. Nos reclamamos de todo, nos puteamos
un rato, y después le libro un abrazo como pidiendo disculpas por mis malas
elecciones. “Yo te avisé”, replica. Y todo queda intacto. Le miro los ojos como
nunca antes, sabiendo que el aprendizaje es parte del tránsito.
Prendo un pucho y me quedo mirando esa foto espantosa en la
caja que dice que cada cigarrillo deteriora tu capacidad pulmonar y provoca
impotencia. Me encojo de hombros y fumo otra pitada sabiendo que hay cosas que
hacen peor. Debería volver a la marihuana, pienso. Y después concluyo que no
debemos volver a ninguna parte. (…) Me quedé repasando un rato largo sin escribir,
un poco meditando algunas cosas, y otro poco haciendo tiempo que se me haga la
hora de irme.
Afuera la luna mira desentendida. No nos prestamos atención hace
tiempo, y cuando estoy a punto de decirle hago, siempre encuentro alguna cosa
que hacer. Me distraigo a propósito y todo pasa. Ya no nos esperamos.
Ya han pasado unas cuantas horas desde que empecé a
escribir, y me pregunto si ya es hora de terminar. Los finales antes tenían un
gusto raro en mi boca, ahora, que es temprano, tengo todo el tiempo por delante
para mejorar las cosas. Para empezar de nuevo. Digo, porque ahora que soy solo
tengo infinitas oportunidades para encontrarme, para probar o para seguir
equivocándome. El error es una posibilidad que ya no me preocupa. Como hay
otras cosas que no me preocupan. Si tengo ganas de bañarme me baño, si tengo
ganas de cocinar, cocino. Y si tengo ganas de quedarme sentado durante horas
mirando el fantástico cielo, puedo hacerlo. Me lo permito. Aclaro que me he tomado
varias licencias, y me gusta eso. Me gusta lo que veo.
lunes, 1 de octubre de 2012
APRENDER A DECIR QUE NO...
Charlaba el otro día con unos amigos en la costa mientras
fumaba un pucho y tomábamos mate respecto de si en verdad nos habíamos
planteado fuertemente la posibilidad de decir que no. Es decir, esto me gusta,
aquello no, este es mi límite, esto lo permito y lo otro no me interesa. Y aún
más, nos proyectábamos si realmente aquellas personas más íntimas, los amigos,
la familia, (los cercanos) tenían la capacidad humana de aceptar un no como
respuesta a cualquier cosa cotidiana sin ofenderse.
Entonces empecé a escribir. Reconozco que antes tuve que
googlear la palabra ofender, ofenderse, ofensa y el diccionario me iba llevando
de un lado al otro como en una de las mejores historias de esas de “elige tu
propia aventura”. Y pensé también en aquellos ofendidos por mí sin encontrar en
mi cabeza las razones que ellos tenían en la suya. Entonces debo decir esto: la
ofensa es una palabra vaga. Así me anticipo a definir que depende de uno y del
otro en la misma medida, dejar trascender la ofensiva que da lugar a esto.
Es decir, cada uno, desde lo individual, protege sus ideas
con recelo, y a veces cuesta dejar la rigidez de cualquier postura para
entender que la ofensa muchas veces está medida por la subjetividad con la que
se la mire. Y acá no juega sólo la palabra como lenguaje, sino también otros
valores externos pero tan condicionantes dadas por el estado de ánimo. Muchas
veces hemos dicho en voz alta “si se quiere ofender que se ofenda” como si no
nos importara. Pero lo cierto es que nos importa. Nos importa el concepto que
los otros tienen de nosotros, nos preocupa la apariencia del buen nombre, y
resulta difícil separar al ofendido de una seudo indiferencia que no es tal.
Decir que no, ofende muchas veces. Pero desde lo discursivo,
no está mal utilizar éste término como respuesta a una pregunta.
-¿Vamos a tomar un café?
– No tengo sed.-
Y ahí aparece en el otro la ofensa que toma al “no” casi
como un rechazo a su persona. Pero si analizamos esta frase vemos que
morfológicamente está completa. Existe una pregunta y hay una respuesta. ¿cuál
es la ofensa entonces?
Y ahí es cuando deberíamos empezar a analizar eso del
rechazo. Es decir, yo no puedo obligar a una amiga a tomar un café, porque es ciertamente
probable que no tenga sed ella. Y si me ofendo, ergo, debería haber planteado
la oración de manera imperativa. ¡Vamos a tomar un café! (Pero no queda bien,
no?) Entonces debemos tener en cuenta que cualquier convite, propuesta,
pregunta, tiene siempre variables respuesta que no dependen sino del convidado.
Y acá de nuevo, depende de su ánimo, de sus tiempos, de sus ganas.
Ejercitar el no
como respuesta nos evitaría además muchos dolores de cabeza, situaciones
desagradables y malos entendidos. Aceptar un no como respuesta, nos hace
reconocer en el otro una situación de sinceridad y libertad que muchas veces
requerimos pero que cuesta aceptar, socialmente hablando.
Un no de una
pareja, de un amigo, de un familiar no necesariamente significa renunciar a ese
estado de novio o amigo o padre. No se es mejor o peor como para tomarlo como
algo personal. Tal vez sea un no
parcial, circunstancial, variable, pero que no debiera modificar para nada el
transcurso de la vida cotidiana. Hoy te digo que no, mañana o más tarde tal vez
sea sí.
viernes, 7 de septiembre de 2012
ANALICEMOS LA SOLEDAD
En realidad iba a empezar escribiendo cosas que me molestan, pero después me arrepentí porque la gente iba a decir que soy un renegado y que me tengo bien merecido esto de estar solo. Y ami no me importa si esta bueno o malo estar solo, solo se me ocurre que soledad, a la cual ya le he rendido tanto tributo resulta ser mi mejor compañía. Se esta solo estando solo, se está solo estando con alguien o rodeado de miles, que digo miles, millones de personas cerca tuyo.
Pensé que la soledad era un mal de los tiempos modernos, un mal necesario, ácido, pero a su vez dulce, mundano, seductor por el lado en que se lo mire.
Entonces me pregunto que sería de los solos si la soledad no se hubiese inventado? Que pasaría con los poetas? O los pintores o los músicos. Me pregunto si no es acaso la mejor excusa que tenemos los artistas que justificar escribir con dolor, haciendo hincapié en el dolor como una forma necesario de victimizarnos frente al mundo. Pues les tengo una mala noticia, la soledad es real y palpable. Pese a que en muchos universidades las estadísticas indiquen que la mayor parte de los solos es por elección, este síndrome epidémico (endémico diría) va creciendo su número de aficionados o adeptos por diferentes causas que hagan que hoy, te encuentres leyendo este artículo, enterándote que sos solo desde hace mucho tiempo antes de lo que vos esperabas. Y hablo de la soledad del principio y de los finales, la soledad muerta, la soledad vieja y joven. La soledad despotricada, la soledad anhelada. Digo esto ya que hasta el más pesimista de los solteros necesita su momento solo, y no podrá negarme que muchas veces ha disfrutando esa soledad hasta que se le caigan las babas de placer.
Por eso, en esto de tratar de entender las soledades, no podemos definirnos de uno u otro lado. Los psicólogos dirían que tenemos un trastorno compulsivo hacia tal o cual cosa. Pero en realidad, la psicología tampoco podrá explicar el origen o mismo el significado de la soledad, muchos menos podrá explicar las razones, al menos no una razón lógica que nos haga interpretarnos vacíos frente a un mundo cada vez más comunicacional y menos presencial.
Somo usuarios, claves, contraseñas, perfiles hemos cibernetizado las relaciones hasta llegar al descompromiso absoluto. Y este es otro tema interesante, porque las desformalización de los sentimientos son una mentira que ni nosotros nos creemos. El fracaso de los vínculos -en cualquier especie- radica principalmente en una causa inicial: nosotros mismos.
Digo, sostener que pertenecemos a un grupo social, afirmar que seguimos la manda como queriendo justificar en otros nuestro propio accionar, es también una forma de lavarnos las manos.
Entonces concluyo que estamos solos porque sí. Intentar buscar una razón en el contexto social, o las abismales profundidades del alma sólo nos llevará a chocarnos contra nuestras propias miserias. Y ahí está lo divertido, vernos, escucharnos, percibirnos solos, es reconocer que el mito de la otra mitad nos ha hecho idealizar el otro, los otros, que también están tan solos como nosotros.
Estadísticamente es menos probable cruzarnos al menos una vez con aquel ideal de persona que nos van imponiendo desde la niñez. Por eso la frustración, por eso la soledad. No tengo ni idea donde comienza o termina la soledad, a ésta altura no me he dado cuenta si es mala o bueno. Quizá no sea ninguna de las dos, y estemos psicosocialmente excluyéndonos de las verdaderas oportunidades. Lo cierto es que más allá de la decisión que uno tome en la vida, frente a la cotidianidad toda, aunque la soledad sea una sombra, o una mochila, o inclusive un divertimento, hay que tener en claro que siempre será transitoria. Guste o no guste. Somos perfectas transiciones digo.
martes, 4 de septiembre de 2012
ME MOLESTA LA GENTE QUE SE BESUQUEA EN PUBLICO
-¿A quién podría hacerle mal? Preguntó alguien desde el
fondo del café. Yo traté de levantar la cabeza por encima del hombro pero no
pude distinguir ninguna cara. Conocía esa voz. El tono era similar al de un
cascabel cayendo sin remedio al piso.
Había un parpadeo de luz que me erizó la piel en público. ¿Podía
ser acaso el recuerdo, una regresión? Leí mi pensamiento en voz baja retumbando
la idea seductora de verle de nuevo. Seguí buscando entre otros rostros, su
rostro; casi con desesperación movía el cuello de un lado hacia el otro como un
compás de ritmos insonoros que me transportaban y elevaban a cada instante.
Tomé un café, tomé la hora, una mano, una aspirina y luego, me atrapé pensando
lo que ya no pensaba.
Entonces dejé a un lado mi reloj, sobre una puerta que no
abría, una ventana sin balcones, un volcán (siete volcanes) y un lago que
transportaban los ojos marinos tal como lo había soñado dos lunes atrás.
Y como un monólogo de cigarrillos, la espera se fue haciendo
ceniza de a poco. Me senté a pensarlo y lo único que logré fue sentarme, dijo
Sonia. Yo me quedé dando vueltas por la
noche, por las dudas, a lo lejos, la bruma del mar se hacía libros y canciones
y en mi boca, una última seca quemaba las palabras que ya nadie diría.
El silencio tienes esas cosas, pensó. Yo hubiera pensado otras
mejores para los dos. Pero estaba solo. Solísimo. Encerrado entre los muros
fríos, los pisos quietos, la voz baja, y el pulso que apenas se acordaba la
manera en que agarraba la lapicera.
-¿A quién podría hacerle mal? Repetí en mi cuaderno. A esa
altura ya me había caídos dos veces por las escaleras y serpientes, jugué a los
dados, encendí el celular y miré la hora sin mirarla.
Me distraje con los fulanos que pasaban por la vereda como
enamorados y torpes. Me molesta que la gente se besuquee delante de mí. Se los
dije y me miraron sonrientes.
No sé de qué se ríen, yo soy solo - les contesté.
domingo, 26 de agosto de 2012
Imaginate...
Imaginate sus ojos de asombro, dijo. Y abrió sus brazos con
fuerza hasta quedar mínima y suspendida en el aire.
Hoy la soledad era otra cosa. (Por los delitos del tiempo
que quedan impunes en cualquier rincón.) Fue achicar uno o dos ambientes,
vender las sillas de estilo donde habían sentado los años un tiempo antes,
envolver en papel de diario las cosas frágiles que por fortuna, ya no tenían valor.
Sacar los libros uno a uno de la biblioteca y empacarlos. Saborear ese último vaso
de vino juntos que ya no quedaría postrado en el cristalero antiguo.
Imaginate el silencio todo ahí junto y porfiado. Ella
sabiendo lo que ya ni se había puesto a pensar, dibujando habitaciones blancas
y pulcras. El silencio fortuito, sus manos ásperas arremangando un punto final,
el piso de tango y barcos, las maletas acomodadas al lado de la puerta, el
zarpazo de las preguntas, los nudos en la garganta, los tapones en los ojos, el
camino llano, la espera joven, y una pequeña ventana al lado del pecho, como un
hueco insoportable y profundo.
Imaginate un faro, el suspenso irritable de la voz
inconclusa, la misa de las 9, la ficción de las calles yendo y volviendo a los
lugares comunes, la luz tibia que se va apagando al final del aplauso (y sin
saberlo), una canción magnífica que habla de las cosas del amor.
Escribió otra poesía (no la última), íntima charla con lo
que no se dio y pudo ser, y en seguida le salió una imagen que hubiera sido
mejor cantarla. Imaginate sus pestañas pesadas y adormecidas llegando puntuales
cada mañana hasta su abrazo, un rostro y dos agostos le perforan sus zonas
blandas hasta darse por satisfecha cuando balancea en sus manos el esmero que a
veces trae el recuerdo. Sabía que olvido no era una posibilidad, mientras
cebaba un mate amargo, larguísimo esa tarde.
Después del piano, venía su boca murmurando las ganas de
irse de aquellos espacios; minúscula y cursiva quedó tiritando sus nombres, y
como una queja dejó que la luz se metiera hasta sus huesos.
¿Esto es la soledad?, preguntó sin sustos.
Imaginate la respuesta de invierno que pintó aquel domingo;
sin barcos, sin sillas, sin libros, durmiendo tapada hasta la cabeza, con pies los
fríos esta vez.
miércoles, 20 de junio de 2012
Sobre la gente que espera o busca...
Tarda, pensé.
Yo vi los ojos desbordados de la gente que no quería estar sola. Yo vi los náufragos diferir sus pasos por las calles secantes de aquel barrio. Todavía en sus manos un manojo de llaves que abrían todas las puertas, y sin embargo, ví esas mismas manos frotándose las esquinas sin volver.
Cómo tarda che, dijo la mujer en la parada del colectivo mientras apoyaba una de sus piernas raquíticas sobre el asfalto. Así es la espera dijo alguno mientras tomaba un sorbo amargo de café. Pudo haber sido peor, pensó. Yo aquí en el medio de la nada, en ésta mesa pensando la música, mirando por la ventana mientras las sombras de unos y otras corren apresuradas.
Descalzo me quedo pensando este cielo inmenso que me abraza. ¿De dónde viene ese ruido melancólico de tren y silencio? Protestó la vieja que arrastraba sus pantuflas. Yo la vi también.
Podría darle un nombre para cada espera. Una palabra, un monosílabo, incluso un color, dijo la florista que veía marchitarse la vida en un balde rojo. Desteñida la voz, juntaba un par de recuerdos de esos que se fuman a las dos de la mañana. Yo la ví asomada por la ventana corriendo apenas la cortina con las luces apagadas. Yo vi también se balcón.
Se tomó el 60 cuando empezó a llover y se perdió, dijeron un par de ojos sentados en el banco de una plaza. Yo los vi suplicando llegadas, sillas, mantas para la noche fría. Todos solos apenas. Disimulando y simulando. La vida era como un disfraz que acababa en el ropero con las perchas flacas y tiritando. Muertas de miedo. Yo las vi sinceras y abrazativas. Siempre un piano se va de boca con los tangos.
Había también una fila larga que daba vuelta la esquina de otros que reclamaban por personas o nombres. Algunos ni fotografías tenían. Apenas la sospecha de un rostro. Se llenaron los postes de luz con reclamos y súplicas por los otros. Yo los vi a todos. Uno por uno. La paciencia era entonces de color pastel, húmeda quedó la vereda de perros que también esperaban. Yo los ví llenando complejísimos formularios con datos y descripciones un poco vagas.
Así fue la espera en este pueblo. Así la gente se perdía todos los días. Algunos migraron, de otros no supe nada. Se multiplicaron los poetas y la cartas y los bancos. Los solos tienen su propio callejón con un nombre incompleto. Yo los sabía todos, suspiré mientras pegaba un afiche con su cara en una cabina de teléfono. Las búsquedas son largas pensó alguno por ahí. Y se sentó conmigo bajo un farol anaranjado.
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