jueves, 4 de marzo de 2010

CAPITULO FINAL:


OJALA...

Ojala llueva esta noche y haya relámpagos y te abrace el recuerdo de los que siempre estuvimos. Ojala la espera no sea en vano y pueda darte el primer beso de la mañana y el último abrazo antes de dormir; ojala te levantes conmigo para el desayuno y comentemos las noticias y oigamos las paredes quejarse de la música entera. Ojala lloremos con las mismas películas y comamos una picada y nos emborrachemos de proyectos, y de viajes y de constantes ganas de vernos de nuevo. Y sea también el deseo de siempre, y los vidrios transpirados nos humedezcan los dedos para escribir de nuevo una historia.
Ojala encontremos el rumbo por fin de las cosas buenas, mientras los cielos pasan sin que nos toquen y el tiempo sea testigo de mis manos cerca de las tuyas y que tus ojos del color del mar nos inspiren el deseo de cumplir el mismo sueño de siempre, con las ganas estables y el pulso uniforme y la sorpresa de todos los días.
Ojala alcancen los veranos y vos estés ahí donde siempre y yo parado en tus puertos esperándote a diario.
Y ojala me llenes de notas antes de irte a trabajar y sigas siendo mi inspiración y pueda decirte al oído lo que mis pulmones piensan y donde mis pies me llevan y me traen. Ojala coincidamos el camino y las horas, y conciliemos las tardes de descuento, los domingos de fútbol. Ojala las fotos cobren vida y huyan a los lugares cotidianos donde sumamos de a dos, y te encuentre donde solías nadar y cumpla el anhelo del tiempo compartido por fin.
Ojala quepan en tus brazos todos mis párpados y mis pestañas, y tengas el pecho dispuesto y solitario con el hueco justo para mi cabeza. Ojala enderecemos los cuellos mirando hacia delante y las derrotas no sean más que una mueca de las cosas que debimos cambiar. Ojala estemos a tiempo de revolcarnos en la arena, en la ruta y que mi primera vez en un volcán sea de nuevo con vos. Y ojala te des cuenta de lo fácil que resultar sentir y lo complejo que es evitarnos calle a calle, y ojala me preguntes “donde has estado este tiempo” y me extrañes al menos una parte de lo que yo lo hago. Y ojala te responda “he estado siempre aquí” y me veas con las manos abiertas y me digas al oído que ya todo pasó y que afuera está lindo como para salir a tomar unos mates.
Ojala llueva. Y mucho, para que nos lave los ojos y nos moje en cualquier lugar, y vos sepas que yo estoy y yo me quede tranquilo sabiendo que al regreso de cualquier lugar, son siempre tus mismos ojos los que me esperan. Y ojala haya tormenta y relámpagos y rayos para que nos asustemos de los errores y podamos dormir acurrucados uno al otro sabiendo que no nos puede pasar nada si estamos juntos.
Ojala escriba con vos el refugio de los dos, y tomemos el próximo vuelo hacia donde la vida quiera llevarnos...

domingo, 14 de febrero de 2010

Carta a un enamorado...


Les escribo con la satisfacción de haber conocido un amor. De haber conocido "al amor". Claro que han pasado varios años ya y todavía me resulta difícil olvidar el vino de su boca, sus ojos de prestados mirando al horizonte, sus abrazos interminables pidiéndome más. Dicen que se ama una sola vez en la vida. Yo tengo dos esperanzas: volver a encontrarlo y amar con todo lo que pueda. Esto ultimo resulta mas fácil, porque me he esmerado en anotar cada uno de los errores cometidos. Ya sé. Capaz decís que es tarde. Se aprende mucho desde los consejos de amigos, pero uno aprende mucho más desde la propia experiencia. La vida es así. Tiene ese presagio indistinto de la vida huyendo a la razón. De vez en cuando me permito recordarlo, como una licencia de la memoria, aunque el corazón duela y sienta de pronto como se fracciona en millones de minúsculos pedacitos. Uno no entiende esas cosas de las oportunidades, y les aseguro que he tenido muchas. Sin embargo, por orgullo, por capricho o por idiota, he perdido una de las pocas cosas que amé en la vida. Tal vez fue fue esa seguridad de tenerlo siempre lo que me hizo perderlo para toda la vida. Por eso siempre dejo este consejo. Por mas que parezca absurdo o trillado, sugiero, imploro, ruego que si alguna vez sienten este sentimiento semejante al amor; si alguna vez conocen a una persona que se refleje en sus ojos y que los entienda sin mirarlos y les hable sin palabras, y los abrace sin pedirlo, les pido que no lo dejen ir. Porque no hay nada más triste que ese calor tibio del pecho ausente, de las caricias postergadas. No se imaginan la pena que da ver los rincones, con sus nombres por todas partes, el armario vacio por la mitad, el vaso sin su cepillo de dientes. Nada podrá jamás llenar esa sensación cálida de compañía eterna. Porque este, como ninguno, era un amor para toda la vida. Ese amor sin fronteras, sin preguntas, sin cuestionamientos quedó atrás. Y yo lo quería para siempre. Como un bobo lo esperaba todo el día, lo iba a buscar al trabajo, le preparaba la comida. ¿En que me equivoqué? En muchas cosas. El amor también es eso. Equivocarnos. Y aprender de ahí en más. Claro que nos dijimos adiós. Nos dijimos adiós con un abrazo interminable, uno de esos abrazos que siempre dejan cosas pendientes.... Nunca me pude olvidar. Ya el tiempo ha pasado y nada lo curó. Es cierto, desde hace tiempo ya no espero a ese amor. Y la verdad yo no tengo ni idea como podría hacerlo volver. Capaz que ya no vuelve. Lo que si estoy seguro es que si algún día le llega esta carta, y decida regresar, sé como tengo que amar, de acá hasta el resto de mis días. Porque he aprendido la lección. He aprendido a enamorarme de sus defectos. Quizás uds. tengan razón y ya sea tarde. Pero que se yo. Todavía siento como late mi corazón cuando pienso su nombre. Y mientras siga latiendo. Mi esperanza jamas de derrumbara.... porque estoy enamorado y es lo mejor que me ha tocado vivir.

miércoles, 20 de enero de 2010

Te invitamos a leer nuestra Blog Novela


Te invitamos a seguir las entregas de
"Como sapos y Sapas"
una blognovela escrita por Daniel Lujan.
Podes seguirla a través del sitio:
www.comosaposysapas.blogspot.com

lunes, 11 de enero de 2010

Aquellos bancos que esperan....


Es la espera sintáctica de las voces renuentes. La idea solitaria de los días que comienzan tempranos con un buen mate cebado a la sombra de los balcones. Es la espera simple de lo que tarda y no llega, la primera voz sin vos, la última etapa de los ojos fingidos, de los pasos tediosos yendo de un polo hacia el otro. Es la espera de los murciélagos, de las nubes como trompadas, de las lunas pendientes. ¿Viste que luna hay hoy?
Gigante el esmero de los que somos solos y no nos quejamos. Hoy por ejemplo hubiera tenido ganas de un rato con vos. No importa a qué lugares visito, no importa la imaginación de los torsos, de las retinas rojas, de los párpados pensantes. Es la espera cotidiana, el tango sonámbulo, las tardanzas miopes. Saber que uno ha dado todo lo posible hasta el desvalor, la ingratitud de las madrugadas que llegan perros, e igual estamos ahí, como sumergidos en un banco cualquiera. Todas las esperas nos llevan al imaginario popular de algo perfecto, desde su imperfección. Prometo y me prometo, dejar de lado los muelles como estos, los puertos y sus bahías, las barcas tranquilas como estatuas que prefieren aquello mejor que debe llegar.
¿Te habías dado cuenta que ya no te escribo, no?
Es la espera verde, la grieta fucsia, los olores añejos que son más viejos que antes, más bien una simple teoría, el recuerdo simple, la historia pasada, pensada. A veces los solitarios somos intransigentes humanos, permitirnos la sola idea de la soledad es como un permiso o una licencia que nos debemos. Empezamos a valorarnos desde un rincón del mundo, con todas las promesas posibles que ya no creemos. Y en creer está la esencia de todo. Desde los comienzos la solución de la vida fue simple: decir lo que sentimos, no guardarnos nada, llevarnos el mundo por delante con todas sus consecuencias. No existe un día pendiente, no existen los bares para luego, ni la promesa de volvernos a ver. Hay cosas que pasan hoy, que son y existen desde el mismo momento en que nos planteamos que la duda ya no es una posibilidad.
Sino que es la espera transeúnte de aquellos que amagan y no. Son también parte de las partidas, de las vueltas de hoja, de los sinceramientos luciérnagos, de las manos abiertas de par en par como quien espera un abrazo al regreso del trabajo. Es un beso suave en la mejilla, diagramar los viajes por esos lugares menos pensados, las espaldas anochecidas, y la idea sincera de ser eternamente esperados por alguien. ¿Está bien que los nombres cambien de color como los semáforos?
Sentimos el paso de los días como peatonales, como la costanera vista desde una ventana prestada, desde ahí se puede ver el mar y otras cosas. Desde la espera uno espera. Revive y vive como si ambas cosas fueran la misma. Como si diera lo mismo. Como si no alcanzaran todas las palabras posibles ya dichas y escritas, como si fueran historias inventadas, como relámpagos que no adviertes; la espera es mucho más sencilla todavía. La vida es mucho más sencilla.
Uno espera la sorpresa también, espera cuando ya ha dado todo. Cuando los bancos se amontonan en filas pendientes como horóscopos, como lunas menguantes que patrocinan una noche mágica. ¿No es justo acaso que los solos deseemos tener una noche así?
Los solos esperamos llenar las mitades, unir las distancias con ojos generosos, con estos gestos también que promocionan que algo mejor siempre está por venir. ¿Por qué la gente tiene la idea de que somos nosotros que debemos emprender esas búsquedas? ¿Por qué no pensamos mejor que alguien nos espera? ¿Por qué no pensamos todavía que esos bancos violáceos llevan nuestros nombres?Yo hoy por hoy me ubico en este lugar. Y busco sin dar vuelta hacia atrás. Hoy por ejemplo podré dormir en paz conmigo mismo. Y mañana y pasado. Y los días que vienen. Amaré como si fuera la última vez que ame, y daré todo siempre que así lo sienta. Porque ahora me toca esperar, porque ahora me toca a mí buscar a alguien que sienta que la vida vale la pena, y que quizá ésta sea la única posibilidad que tenemos para ser feliz. Aunque esa espera me lleve toda la vida, y aunque toda la vida me quede esperando...

viernes, 8 de enero de 2010

Enero, 8


Eran las 9 de la mañana en Gualeguaychu. El cielo impecable asomaba la jeta por la ventana. Se sentía todavía ese olor a río húmedo que llega desde la costanera como un abrazo tranquilo y sin apuro.
Tenía el mismo sueño repetido de todas las noches, encontrar a esa persona que tanto busca. Mariana lo sabía perfecto. Había resumido en unas pocas líneas el dilema de mucha gente sola. Tener donde ir. Alguien que te espere. Alguna llamada que recibir.
Desde la cama sintiose la comodidad de la calle –abajo- sin quejidos, suave eran sus párpados todavía densos y fatigados que revoleaba de un lado hacia el otro de la habitación como esperando que algo sucediera por fin. Pero qué?
O sea, sabía que ya no habías espera, había podido empezar a soltar lo que tantas veces fue su inspiración ideal del mate dominguero, de madrugadas intensas, de faso, de cerveza rubia, de mesas tristes, de espacios vacíos. ¿Y ahora qué? se preguntaba mientras recorría las calles retenidas con olor a polvo que sólo algunos pueblos tienen. ¿Te acordás de esos olores, no?
Ahora que levanta la cabeza y mira hacia delante, y advierte que hay una línea recta a la que muchos llaman camino, ahora que por ahí le da lo mismo cuando escucha su nombre. Sólo se encoge de hombros, hace como una reverencia de resignación y larga un suspiro largo y tibio que te hace poner la piel de gallina. Así son como los nombres pasan, como cruceros, como ojos minúsculos y miopes. La vida tiene un poco más de sentido, desde que alguien te hace ver que estamos aprendiendo a vivir, aún después de las pérdidas.
Hoy que cumplía 31 años. Lejos de los timbres y las esperas. Había dejado sus sillas lejos ya, para empezar a gastar la suela, para recorrer ese camina largo que tantas veces resistió. Había dado su primer paso importante de otros muchos, había sido simple por primera vez. Cuando entró a la habitación, se hundió en una de esas duchas mágicas y calientes que sólo se disfrutan cuando llegan a tiempo. Observó por la ventana como buscando al viento fundido en el aire, ojeó la hora al pasar y recibió su primer regalo del año, la libertad de poder elegir para que costados mirar.

martes, 5 de enero de 2010

Las cosas como son


Hacia tiempo que no escribía. Por ahí como que las ganas deambulan por aca y por alla. Es distinto esto de estar solo. Te permite encontrarte por lugares que nunca habías visitado, como estatuas, como pequeños senderos de migajas que nos llevan a alguna parte. No sé donde iremos a parar, pero lo importante es que vamos. Que seguimos caminando las calles como si adelante siempre estuviera el destino pendiente de nosotros. Es importante tener a donde ir, claro que también importa el hecho de saber que alguien nos espera. Y eso es así, yo no tengo dudas que la espera no es solo nuestra, que del otro lado, en algún lugar alguien también espera lo que nosotros. Ya no voy a hablarles de lo que no tiene sentido; claro que todos alguna vez sufrimos el desarraigo del adiós, con esa sonrisa apócrifa, con esa mirada desafiante que suplicaba lo que las palabras no pueden decir. No existe una manera de poder convencer lo que decimos, ni existe posibilidad de poder pintar con colores lo que el alma manda. Con un nudo en la garganta meditamos desde lejos las distancias como un cuento mal contado, con la sensación de que no todos finales son felices, sobretodo en estas épocas donde ya no existen las perdices de antes. Creo que las cosas sucedieron de la única manera en que podían haber sucedido. Harto de la inmemoria, repleto de argumentos falaces, convencido de los engaños que no fueron, el orgullo póstumo, el rencor inacabado, la primera canción, la última esquina pensante, la melodía de los días que no vienen; me voy a dormir afuera mejor…No sé quien perdió a quien. Igual me pregunto, ¿ganó alguien?La soledad tiene que ver con los aprendizajes, con los momentos de a uno y con uno. De la autodependencia, de la marginación de la cosas, dejar de lado los relojes y los reproches, la espera instantánea, el abrazo recto, el beso solo. De chico me enseñaron a poner cada cosa en su lugar, a ordenar los colores, a prestar y devolver, a cepillarme los dientes, a pedir perdón, a cuidar mis cosas, lo mío. Y lo mio esto, por mucho o poco que sea, este es mi reino. Aca vivo y existo y aunque muchos pongan en duda la certeza de mi mundo, soy absolutamente sincero cuando afirmo que escribo desde la soledad y el amor, desde la paciencia -agotada ya-, desde la espera que no fue, desde mi balcón, desde el mate primero hasta el último faso. Desde la canción del amor eterno, simplemente lo mejor, desde las calles mias hasta los otros mares. Desde el enojo y el perdón, desde la bronca, desde la suplica, desde este lugar armo mis tiempos e invento los otros, como haciendome el distraído. Como si no alcanzaran todas las palabras posibles, como si no hubiera hecho nada, como si no soportamos lo suficente ya. Así me inclino ante el destino con la reverencia de todas las calles, para que lleven lejos a veces, para olvidar por fin, para encontrar la paz de todos estos lugares, la inmensa paz de estar solo.
¿no será tiempo entonces de decir las cosas como son?

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Qué tarde se hizo ya...


Pasaré por tu casa esta noche a buscar el último de los recuerdos. Sabés? hace frío un poco y me preguntaba quien de los dos se habrá quedado el abrazo primero. Hacía tiempo que no te escribía con estas ganas de quedarme un rato a tu lado, con esas cosas de siempre, hablando hasta que se nos acabe el aliento.
A veces está bien escribir desde este lado de las cosas, sin lunas ni estrellas, ni magia, sin manos en los bolsillos, sin cabezas gachas, sin odios, sin rencores. Acá las promesas faltan de vez en cuando, y te digo que las calles siempre como que llevan tu nombre rodando por ahí.
Hay veces que hasta me parece verte todavía cruzando mi balcón. Qué tonto no?
Yo que me aferro a las huellas, y el viento, la lluvia, la marea, las tardes grises, tienen la costumbre de soltarte y dejarte ir. Debería hacer lo mismo.
En terapia hablo de las veces que amago con irme, que una vez por todas estoy lejos de vos. Que ya conozco las consecuencias del olvido, y que por ahí me haría bien dejar de pensar tanto todo.
Las palabras suelen ser traicioneras, y la mente se juega un partido de truco mientras el ancho de espada duerme plácido en el filo de tus ojos que vienen y no. Que ya no espero pero recuerdo, que olvido pero que traigo. Esas pequeñas cosas que tiene el amor. Aprendemos tarde, asumimos después que los errores sirven, que la práctica está bien. Que es mejor así, sin esperanzas, y yo de a ratos me la creo. Y vuelo. Vuelo sabiendo que estoy lejos de vos, y no es capricho. A vos te fue más fácil olvidarte todo. Admiro lo práctico que se ve todo desde las pestañas que te enmarcan los ojos. Que ojos!
La paciencia es distinta estos días. Siento que el año que viene voy a poder ver todo diferente, que ya va a pasar, que no es para tanto. Me fumo un cigarrillo, subo el volumen de la música de Tina Turner, me imagino yendo hasta tus rutas… y miro la hora al pasar.
Cierro la ventana del balcón, me pongo un sweater y camino hacia adentro. Qué tarde se hizo ya.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Vos y tus preguntas

Caminábamos los cuerpos como avenidas transitadas antes, pero con la sorpresa de los lugares nuevos. Ibamos de un lado hacia el otro, sabiendo de memoria los mapas que sospechábamos con tu boca y mi boca. Y sobraba la piel por todas partes yendo de puerto en puerto; desparramamos las piernas, y volaban los balcones como preguntas silenciosas de los labios curiosos. Llegamos hasta aquellas esquinas, y doblamos los torsos, y las lenguas, y el silencio sólo al final, dejó entrever algo de paz.No podía creer ese arte en tus manos, la geografía permitida de las caricias que iban y volvían a pasar por cada una de las curvas. Yo no recuerdo bien cuando te fuiste. Sentía aún el olor de la noche. Mi aliento tibio te despidió con un quejido, con una fruta inhabitada que vos despertaste. No sé porque algunas noches suelen ser tan breves, como los inicios que se quedan para siempre en los rincones húmedos.

martes, 15 de diciembre de 2009

Tener derecho al olvido


Todos tenemos derecho a estar en paz. A dejar por fin los dolores matinales, esa fiaca exagerada por mantenerse en la cama más de la cuenta, cebar el mate, poner la pava, encender uno de esos sahumerios que se vende a cientos por un peso. Abrir la ventana de par en par, sentir el aliento fresco de los otros que llegan de todas partes, la luz tibia y tilinga del sol avisando que el comienzo de otro día de tranquilidad absoluta.
Prendo la radio, pregunto la hora, miro las sillas expectantes con sus lomos viejos y gastados. Al techo le hace falta una mano más de pintura, y pienso este lunes, martes ya casi de madrugada, serpentinas de nubes y luces frescas que llegan desde la montaña mejor pensada. Éramos entonces un par de fotos abandonadas, ahora mejor con sus patas de pollo, con su mirada desconocida para mí, con los andenes tatuados a los domingos cuando solo. Su boca ahora otra boca, sus pasajes sin callejos y sin salida también.
Esos recuerdos de puta madre, eso viajes divertidos a los lugares que nos prohíben imaginar o soñar, volar las costas, los mares, zigzaguear la suerte, los preámbulos, los miedos.
También tenemos derecho a pensar mejor, a enfrentar al olvido como una única solución, de vencer las ganas de llamar, la insoportable manía de ausentarnos del dolor.
Ya he pasado todo eso…
Ahora que las horas son más tiernas, que me pregunto primero cómo ando antes de pronunciar tu nombre. Ahora que los números me cierran, que ya no te sueño exageradamente en brazos de otro, que no siento ni te ausento. Ahora que prefiero que me quieras como un perro, para que no haya vueltas, que es preferible tus palabras insoportables a los regresos fragmentados, a tu indecisión por no decidirte, al aleteo semejante de una lucha interminable que no me deja en paz. Ahora que he resuelto mis manías y soporto la soledad más que nunca, que el disfrute del mar es sólo un capricho que los muchachos no entienden y cigarrillo perdona. También es cierto que no veo tu figura de siempre, que es verdad, que ya es un avance, que viene cantando el olvido y arrasa con todo. No lo esperaba así.
Las promesas ya son ficción, queda una sensación extraña de huesos quebrados, de horas de ventanas y zaguanes, de permisos, de trucos y flores, de envidos, falta olvidos, pentagramas que no me oyen ni canciones que se parezcan a vos.
Todas las mañanas me levanto junto con todos mis responsabilidades bajo saltando del balcón hasta los lugares que quiero y me imagino inmensamente libre por ahí. Tal vez ya no sea decisión tuya, esto nunca pasó antes.
Creo que de alguna manera, todos tenemos derecho al olvido, a estar en paz, a dejarnos de joder de una vez por todas. Y lo digo con toda la esperanza del mundo, con rencor justo de los finales cerrados, de las veces que parecieron y no fueron. De estas cosas, me despego. Y me siento cómodo, frente a la costa… a ver los barcos partir. Como pequeñas imágenes, como películas repetidas, como finales cursis, levanto la mano con la paciencia de no verte más, por las veces que te esperé, por las veces que no volviste y por las otras veces también.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Te ibas lejos esa tarde


Desde la ignorancia hasta sus huesos había un mundo. ¿Por qué será que la gente deja de contestar siempre? Uno se esfuerza en mandar un mensaje, un mail, un llamado y el silencio gigante resulta ser la única respuesta posible de los dioses. Y aún así, ¿existe un dios omnipotente? Me preguntaba que sería de las calles desiertas, de las luces naranjas, de los mares abiertos, de ese cielo enorme de barriga quieta.
La soledad es una época tranquila de tiempos mejores. Es la distancia de palabras que se sumerge en las olas que besan la arena. Desde estas costas posibles sus ojos son como marejadas de preguntas que no me llegan nunca. El solitario desenlace de los mates fríos, de las tardes mareadas de alcohol de vinagre, de pasos firmes y sandalias rezagadas.
Igual sabía que no ibas a responder. El fracaso de las horas resulta ser un poco más atento que tus voces. Trataba de escribir lo que no me sale, ¿no te pasó alguna vez que querés decir algo pero que no hay palabras? Digo, hay cosas que no pueden describirse… no sé, lo que se te ocurra. pero hay oportunidades en la vida en que las palabras están de más. Que no sirven, como que estorban.
Y el pecho se hunde…. o lo sentís como inflado o ancho, y de repente todas las cosas del mundo se sobran. Bueno, eso es parte de la soledad. Si sentís que las calles se ven reflejadas en tus ojos, o como que los balcones son gigantes… o las veredas de hunden poco a poco en una misma sensación de finales sin respuesta,. Digo, pregunto por si acaso, no hay presupuesto para el amor? ¿Dónde están los mapas Adrián? ¿Cómo que no hay?
¿Y los presentimientos? ¿Qué será de las veces en que uno vuelve a las cosas de siempre? Yo quisiera que volvieran tantas cosas que ya no vuelven. Val me habla y no la entiendo. ¿Qué me decis?
Te ibas lejos esa tarde. Yo alcanzando los abrazos a tiempo, vos volando los horizontes con dinamita, con pedazos de luna arrancados de cuajo, con una sola palabra en la boca que era veneno y estigma.
Te quiero como a un perro, dijo. Sostenía en las manos un punzón filoso que acababa de salir suave de mi vientre. De los ojos quedaron los huecos, como estantes vacíos que sospechan los libros, miles de historias de gente como uno. Te ibas lejos esa tarde, como tartamudeando los pasos hasta perderse diáfanos en un mundo creado sólo para tus escapes. La soledad se escondía por ahí, detrás de un montículo de voces repentinas que huyeron todas a la vez. Es cierto, las calles estaban distantes cuando uno quiere llegar rápido a todas partes.
No llegué a ningún lado, recuerdo. Sentado con las manos abiertas, con el pecho envuelto en las cosas que nunca decimos, en los domingos de siempre, en este sillón gris de paciencia gratinada; como sabores salteados, o esquinas o motos o puertas que ya no se abren. Ya nadie entra desde estos lugares, ya casi ha pasado lo peor, digo, mientras sumerjo mis manos en la pileta de la cocina. Destejo el pecho un poco, suspiro hondo y profundo, como sabiendo que las cosas no salen solas. Que hace falta lucharla un poco más.
Inventaba un par de comillas y paréntesis mientras decías esto. Yo por mi parte he detenido mi búsqueda, me conformo con los mates infaltables a esta hora, ¿perciben al silencio entrando por la rendija de la puerta? quieto el paso de las cosas, levanto la cabeza por fin para inventar otras historias, para darle paso al aire fresco que golea la ventana. ¿Y esa música? ¿Oyen esa música de tambores y finales?
Te ibas lejos esa tarde. Y bueno, andate. Total, yo me quedo mientras tanto haciendo tiempo con el destino, jugando a las cartas, o mirando la tele. Para mi es más fácil quedarme. Para el mundo entero es más fácil quedarse así. Al fin y al cabo no somos de ninguna parte, no pertenecemos ni acá ni allá. Somos energía, cuerpos celestes en constante movimiento, somos carne fresca, facturas de domingo, sillas de cristal, ventanas de caramelo y alfajores. Te ibas lejos esa tarde, es cierto. Que bueno que en algunos lugares no haya esquinas para pegar la vuelta. Porque así es mejor, yéndonos recto, derecho a hundirnos despacio en el horizonte que aguarda también. Al final, todo es como una ruta, como ciudades nuevas, como pueblos desconocidos, como playas flojas. Estamos acá esperando que las nubes se vayan, que el agua se caliente, que alguien destape una pregunta cualquiera.

lunes, 30 de noviembre de 2009

¿No te pasó alguna vez?


A veces tus ojos son como misas. Como pequeños paréntesis que trato de descifrar y no puedo. Me gustaría tener la facilidad de llegar hasta aquellos lugares donde la emoción del abrazo primero signifique apenas algo más que un simple susurro de huesos. Y este lugar esta bueno, sirve para escribirte, en el momento en el que yo necesito y sirve para que vos lo leas cuando puedas, cuando tengas ganas, o logres tirarlo sin leer (es otra opción, pero vos te lo perderías, eso seguro). Sirve para achicar las distancias, para que los silencios dejen de ser rectángulos con formas de nubes, sirve también para tener la sensación primitiva que estás por ahí, muy cerca de todas las cosas que toco. Es increíble todo lo que provoca el roce tus labios primeros yendo de un lugar hacia el otro, sin permisos, me cuelgo detrás de tu mirada, que se escapa a veces, otras veces huye dejando todo en calma. Y ahí me siento diminuto y pequeño. Ridículo me sumerjo entre las eses que espero, en los contornos de otras figuras parecidas a tu sombra. Y después de haberte ido, me reduzco a un niño; como si fuera un nene chiquito de tres o cinco años y sin energía de nada. Y Solo quiero dormir. Dejo de lado la expectativa, la espera sincera. Ya todo terminó tan rápido, que siento que el tiempo resulta poco para apretarte con todas las ganas que tenía de hacerlo. Me pasó algo terrible: Sabía que el olor que habías dejado en mi ropa se iba a ir rápidamente, mucho antes de que vuelvas. Eso fue duro. Y pensé que mejor sería no esperar otro encuentro. Que iba a ser muy larga la espera. Casi es más fácil olvidarte que esperarte. Esperarte es doloroso, es sentir la falta que provoca tanto deseo. Ojalá pudiera olvidarte para no desearte más, duele desearte, y ahora encima ya sé que es muy lindo apretarte, olerte, besarte. Por qué no pude dejar de besarte, Dios!, será porque se que vos no podes volver cuando yo lo necesito –siempre?. No quiero dejar las cosas así. Faltó algo, quiero conocerte más, quiero que los dos la pasemos bien. Te prometo DEJARTE IR y perdón por prenderme de vos así. Te dije que me gustaba tu PIEL y te reíste. REITE. No es fácil decirlo, es más, puede dar vergüenza, y si al otro no le gusta tu piel tanto como a vos, quizás no lo entienda y se ría, como vos lo hiciste. ¿Sabes porque me gusta? porque sentí en ese momento que yo había probado esa misma piel otra vez, ese perfume y ese olor, como un gusto conocido, como un antiguo placer vivido. Como tener lo que tuve hace mucho tiempo con alguien que se parecía -como ya te dije- mucho a vos. Ese alguien imposible, inalcanzable y otra vez me engancho con esto, que es justamente con lo que no “debería” engancharme y sí... me vuelve a pasar... me gusta que sea así, me atrae demasiado esto, y no me lo quiero perder. También te dije que es tu olor el que no quería perder. Una mala noticia para mí, tu olor ya se fue. Una idea: comercializalo: es muy rico. Yo lo compraría, para recordar la sensación de tenerte cerca. Te dije que no tenía LIMITES, quizás la mayor o única limitación que necesito cruzar es la distancia, cuando tengo una oportunidad como la de ayer, y puedo cruzarla, cuando puedo empezar a tocar, cuando lo otro me atrae tanto, necesito estar cerca, lo único que quiero es estar cerca, no me quiero despegar. Sabía que sólo había media hora. Y ya me había como emborrachado con vos. Perdoname, pero si volves... quizás me vuelva a pasar. Vos podes pedirme que me aleje, sí, aunque me cueste haría caso, soy OBEDIENTE. Ahí salió mi EDIPO, a uno cuando le pasan estas cosas, cuando con tanta furia quiere “comerse a alguien” a besos, a abrazos, seguramente ese alguien despierta recuerdos, deseos, viejos anhelos reprimidos, prohibidos. Y salta ahí “seguro” la relación con el padre o madre. Porque esa necesidad, gran necesidad que tengo de tener a alguien “prohibido”, “difícil”, “imposible” como sos vos, es la necesidad de recrear esa sensación, esa experiencia infantil vivida cuando chico. Esa distancia enorme, ese deseo de estar con vos y no saber cómo, no poder acercarme, porque no demostras interés por hacerlo, solo se te veo distante, inalcanzable. Me gusta la INTENSIDAD, por eso te apretaba tanto. Con la MIRADA también se puede ser muy intenso, y a veces, no es fácil empezar a ser intenso con el cuerpo y mantener la mirada, como antes de empezar a tocarse. Es como mucho el primer día. Me imagino ahora lo que debe ser poder hacerlo, mirarse y tocarse intensamente, en un mismo acto, al mismo tiempo. Lo único malo: te alejás y todo eso te FALTA: eso es el DESEO, una falta de algo que tuviste y que ya no tenés, porque no te pertenece, o de algo que nunca tuviste. No es una necesidad, la necesidad se satisface y chau. El deseo, se puede apagar o no (en este caso se pudo un rato y creo que no todo), y después..... volvés a faltar. Pase lo que pase, está bien. Pero te pido esto: no dejes pasar mucho tiempo si vas a volver, y dame más tiempo, o un poco más: media hora no es nada. Es solo un momento más que te pido para no quedarme con tantas ganas y que se pierda esto. No quiero que se me vayan las ganas de estar con vos por esta distancia que a veces los hombres necesitamos poner para que no joda, no se ilusione, no se la crea. No soy de joder a nadie, no es mi estilo y ya te vas a dar cuenta de esto. Dejame hablar de SEXO, solo eso quiero, una vez más –mentira- las que sean. Si hay algo que no me gusta es especular ni intentar atrapar, prefiero SOLTAR. Solo toco cuando puedo y me dejan. Solo quiero lo que me quieren dar. Lo demás... no me interesa... porque no es para mí. Yo se que si no volvieras, me perdería de conocer a alguien a quien puedo desear. El deseo a veces resultar ser tan así, tan nada, tan lejos. Como una distancia que los pueblos no llenan, como mapas errantes que se confiesan que estás cerca. Que todavía presiento y siento. Esa dualidad del ser humano que nos hace primitivos y animales. Quizá ahora que la cerveza se acabó te preguntes muchas cosas. Yo me quedo con ese sabor que sólo tu piel tiene, lo demás son especulaciones de la gente. No les hagas caso. No entenderían ese choque de cuerpos torpes a media luz. O acaso, a vos, no te ha pasado alguna vez ese escalofrío en la panza, ese rechinar de huesos y esas ganas insoportables de querer volver a estar con alguien?

domingo, 29 de noviembre de 2009

Yo no Soy solo


Me había confundido todo. En este afán se saciar mi soledad mezclé todas las cosas, y de pronto me ví víctima de mis palabras, encerrado en los estados prematuros de mi conciencia, aislado de mis cosas, de aquello que me hace “ser”, existirme, sentirme como soy.
Hasta que por fin una noche de cigarrillos insoportables, de insomnsios exagerados, de guerras en mi cama con las sábanas y los quejidos del colchón, me pregunté si en verdad yo soy solo. ¿Qué somos? ¿Quiénes somos?
No tengo ni idea de mis respuestas porque después de la tercera cerveza comencé a sentir una terrible atracción al vacío, la música me envolvía como acariciándome todo con una suavidad inexistente que no tenía.
Gozaba de un concepto erróneo acerca de la soledad. Dicen que la soledad es ausencia de compañía, para mí es esa sensación de vacío. Uno bien puede estar rodeado de gentes e igualmente sentirse solo. Entonces, si esto era así, también estaba equivocado sobre lo que realmente significa estar o ser solo.

Y ahí entonces la pregunta que me acercaba Héctor, mi amigo sin comillas: ¿somos solos o estamos solos?
Y cuando intenté la respuesta fue mágico el catálogo de posibilidades que dieron origen a las probabilidades de estar más solo de lo que en realidad soy. ¿Yo soy solo? ¿es eso lo que pienso de mí? ¿es acaso eso lo que quiero para mí? dijo Matías.
Definitivamente no soy solo.
La soledad a la que le escribo es distinta. Hablo del desengaño, de los finales, de estar o no con alguien, de la ausencia de ese sentimiento semejante al amor. El amor-eros. Pero eso es sólo una parte de la soledad. Estar solo es todavía mucho más profundo y cruel. Y yo no soy solo. Soy esto, un escritor barato de madrugadas que piensa que la vida le debe una oportunidad en muchas cosas, alguien que disfruta la soledad con el gozo del tiempo bien invertido; alguien que se cuelga del balcón mirando la gente pasar, tratando de entender un poco por qué nos pasamos la vida extrañando justo a los que ya no están. Y entonces, como un suave click en mi cabeza, por esos comentarios que me dejan, por esas preguntas que divagan por ahí, me di cuenta que iba siempre a contramano. Ya lo había sentido en otras oportunidades, pero ahora tenía sentido. Es decir, me había convertido en una máquina de incorporar el sufrimiento, me alimentaba del dolor, de la ausencia, de los ojos inflados por llorar, de la bronca, del sentirme solo desde acepción más trágica de la soledad.
La tragedia quedó reservada para las comedias. Mi vida no es una tragedia. Si entiendo que es un despelote andante, que debería reeditar muchas otras preguntas, y resolver otros conflictos que nada tienen que ver con ser o estar solo.
Es decir, no abandono mi búsqueda. No dejo de esperar ni me resigno a nada. Sólo que hoy, desde este otro lugar me permito ubicarme en el rol de Daniel a secas. No soy Solo yo. Yo soy Daniel. Este pibe que se divierte con las mismas cosas de siempre, como vos, como aquel que pasa ahora justo debajo de mi balcón. ¿Somos solos? Me parece que me había confundido. Ahora estoy solo, no es un estado, es algo circunstancial. Mientras tanto.. justo ahora.. disfruto de este domingo londileño, con unos ricos mates con facturas.

Es cierto, estoy solo y eso podría cambiar ahora mismo.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Retroceda diez casilleros


No sé si puede reinventarse la vida. A veces cuesta volver a empezar. Creer sobretodo. Vivimos en un mundo tan incrédulo, desmitificado, donde predomina una sensación austera de cuestionar. De dudar del otro. Por eso es que pensé en dejar todo. Al fin y al cabo estas palabras ni siquiera eran mías. Después me puse a pensar en lo que uno hace, en las oportunidades que nosotros mismos nos damos, en el valor de haber cambiado, esa postura distinta que tenemos frente a lo simple. Y valoré entonces ese esfuerzo mío por levantarme de nuevo, por creer en la gente, por tener confianza en lo mío y lo otro. Claro que es muy probable que fracase. De nada sirve tener al éxito asegurado de antemano. Hoy por ejemplo, perdí. Pero a diferencia de otras veces, perdí de pie, con la frente bien alta, y el alma tranquila. Perdí ya no por mí, no perdí por no haberme arriesgado, no perdí por esperar ocho meses, no perdí por haber dicho te amo cuando realmente así lo sentí, tampoco perdí por pedir otra oportunidad. ¿Sabés por qué perdí? perdí porque la vida nos enseña, con el tiempo, que a veces se gana y otras veces se pierde. Y está bueno perder. De ahí aprendemos.Y no digo que sea fácil levantarse y hacer de cuenta que acá no ha pasado nada. Claro que pasó de todo! Afuera pasa de todo. Levantarse también tiene ese gusto a revancha, “esta vez no fue, Daniel” me digo en paz. Y seguiré buscando aquello que me falta. Esas carencias que le dan sentido al estar vivo. Cuando uno se la juega y pierde, queda ese sabor amargo al principio, pero después comprenderás que perder así vale la pena. Uno tiene que estar entrenado para la derrota, el gusto de la victoria tiene ese qué sé yo que lo hace diferente. Valeria con una hija, sola y viviendo en la casa de su mejor amiga, se ha levantado. Yamila se ha levantado. July, que perdió su tortuga desde un segundo piso de la calle Julián Alvarez, se ha levantado. Amalia se ha levantado. Lili que perdió una hija y yo a mi mejor amiga también nos hemos levantado. Ana con una costilla fisurada se levanta todos los días. Mati que me contó lo de su abbuelo también se levanta. Mi vieja que la veo ya cansada de las madrugadas, todos los días se levanta. Mi vecina del 5º A, sola y malhumorada se levanta igual. Fernando obsesivo con un amor prohibido y poco probable se levanta todas las mañana a trabajar. El trapito de la clínica de abajo con frío se levanta.Y yo hoy la verdad, tenía muchas ganas de quedarme durmiendo. Dormir y dormir hasta olvidar. ¿No te pasó alguna vez? pero bueno, es como en el juego de la Oca. Callejón sin salida, retrocedo diez casilleros y vuelvo a tirar los dados. Nunca se sabe las vueltas de la vida.

martes, 17 de noviembre de 2009

Canción melancólica para violín


1
Te miraré al pasar con la sensación de haberlo entregado todo.
¿Sienten la noche acabarse abrupta en el mar?
No es nada, me digo. Me doy vuelta contra la pared y el mundo se sumerge húmedo en los cristales finos.

2
Acompaño mi codo hasta la esquina y de ahí vuelvo hasta la misma puerta de entrada. ¿No tienen la sensación de haber estado acá antes?
No es nada, te digo. Y doy vuelta la pared y al mundo húmedo.

3
Y los finales son siempre así de cristales.
¿dónde empieza el mundo o los muros?
No es nada, me dicen. Y doy vuelta la letra de ésta canción
para verte pasar con la sensación de no haberte llegado con nada.

lunes, 16 de noviembre de 2009

¿Qué cosas habré hecho mal?


Se me ocurrió algo. Por ahí te parece una locura compartir mis cosas, al fin y al cabo vos y yo estamos solos. Digo solos en el sentido más vacío de la palabra. Muchas veces nos pasamos la vida pensando que los otros están mejor, que ya han encontrado lo que buscan. Y entonces, nosotros, voy y yo ahora, solos, pacíficamente quietos de este lado del mundo, empinando las voces que nadie oye como una turbia serenata de compases afónicos que no dicen nada. Te acordás de los comienzos?
¿Cuanto hace que estamos así?
¿Cuanto hace que no te dicen algo lindo al oído?
¿Cuantas noches embestiste tu cuerpo blando contra otro cuerpo igualmente blanco y atlántico? ¿Quien maneja los tiempos de uno y otro? ¿Quien inventa los escenarios de la vida? Digo, porque yo no he elegido estos finales de vino y cigarrillo. Y me preguntaba de paso qué cosas habré hecho mal.
Viste que uno se cuestiona todo cuando se siente rezagado. Claro que me gustaría estar riéndome con alguien de las cosas tan estúpidas de la vida. Carcajear de sólo pensar las vueltas que tiene este mundo. ¿Por qué la luna nos muestra siempre la misma cara? digo, ahora que mi cigarrillo se acaba y las canciones tristes del mundo me llevan por la costa donde me siento tan dueño de mi mismo.
Y se me pone la piel de gallina de verme tan tirado acá, justo acá, en el mismo carajo de todo; sencillo y práctico, volviendo hacia atrás, corrigiendo palabras, pensando las copas que compro para usar una sola. Un vino tinto color sangre, sudor de los pensantes que se ahogan sin querer en las risas simples que amagan compañía.
Ves? no puedo no sentirme lejos de la gente que quiero. Ensayo mis brazos hacia otros brazos, que son como pequeños puertos; húmedas caricias de madera y silencio.
Creo que ya debe ser tarde de madrugada, porque los autos ya no corren con la prisa de los mediodías y por fin encuentro la paz que mi cabeza no me permite.
¿Por qué tengo está manía se pensarme así?
Mirá, busco entre las cenizas blancas otros rostros blancos también que no llenan los roperos. Encojo mis hombros y me veo niño, vos y yo, floreciendo caricias que nos permiten desear lo que –pensamos- otros tienen.
Digo, alguien en este mundo debe ser felíz a su manera. Desinteresada de los ojos de barro, de los omoplatos huesudos, alguno debe sentirse plácido y completo en esta noche dieciséis que aplaude otro año.
Un bandoleón de risas melancólicas que nos cuestionan la mesa, las uñas, el cielorraso. ¿Viste el cielorraso? le hace falta una mano más de pintura.
¿Quién habrá dejado las cosas inconclusas? ¿Con qué propósito?
Yo escribo esta carta mientras los ojos se me achican. Me preguntaba qué será de esos días completos. Me inundo de tu sonrisa estática que ya no marea, hasta quedarme inclinado, abrazado a mis rodillas y arrinconado en esta noche de golpe. Qué suave parecen mis labios en el vino. Enciendo otro cigarrillo de guitarra y violín, y me parece haber oído pasar tu nombre por la vereda. Qué tonto, no? ¿Cómo se me va a ocurrir la idea de que vengas por acá? Si los solos esperamos. Esperamos eternamente que el destino nos dé vuelta la cara de un revés.

Sin ir más lejos


Me puse a pensar el color que tomaría la soledad. O si tuvieramos la posibilidad de ponerle un perfume. Qué sabor tendría en la boca un caramelo de soledad?O sea, no quiero que piensen que todo con los solos es triste. Hoy, sin ir más lejos, he sentido que las cosas suceden así por algo. Y ahora soy yo quien necesita de la paciencia. Suena absurdo sentirse esperando todo el tiempo sin que nada llegue. Una devolución, una pared, una símbolo. Los gestos del destino suenan más bien como un reclamo que no me interesa.

Sí ya sé, debería dejar de comer tantas harinas.

Lo de Marta fue distinto, ella habla de la soledad de los hijos, de lo que se van, de los que huyen al descampado aroma de la vida transeúnte. Pero que injusto es el relámpago de la vida! Por dios! debería dejar de hablar así también.

La soledad tiene que ver con uno mismo, explicaba. Con lo de adentro. Los solos esperamos, tenemos la virtud de acomodarnos en los mejores lugares del mundo, erguidos y fantasmagóricos caminamos las calles preguntando nombres inexistentes casi. Muchos se detienen en los teléfonos públicos y simulan llamar a alguien. Otros se desparraman en los café, piden una taza caliente de té, abren las servilletas de par en par con la blancura fresca de sus manos temblorosas. Y ahí se detienen unos cuantos minutos a esperar. Que paciencia!

Y después, medio inconsciente. medio bobo, mitad reloj, mitad calle, algún solo piensa revolcarse de ganas y tomar revancha y preguntarle al destino si es verdad. “claro que es verdad” susurra alguien desde atrás de los hombros, desde más allá de los horizontes capaz que alguno se ha olvidado las llaves. A ver, no quiero que piensen que la soledad es siempre así. A veces duele menos, a veces ni se siente. Ya no sé si por costumbre o por la sola idea de conocer el final de los domingos. Es cierto, el tiempo termina acomodando todo.

Pero el mundo no se detiene para ver si llueve afuera, las cosas se siguen moviendo, el reloj sin ir más lejos da vueltas en círculos y una palabra se va anudando acá en mi garganta. Que no quiero decirla, que me cuesta pensarla, estornudo.

Nada cambia a las 4 de la madrugada. Pero queda la esperanza de mañana. Mañana, siempre será otro día digo. Y me recuesto sobre las rodillas de la noche tibia.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Las lunas de ayer

Yo no conozco el momento exacto en que las cosas terminan. Puedo decir que la vida tiene esta clase de situaciones que uno no maneja. Los principios, los finales, los paréntesis, y por qué no… estas transiciones, tienen el sabor a tiempo que los años traen. El destino será tal vez una pequeña gota de sudor, un grano de paciencia, a veces indefinido, a veces tan cruel como la sensación misma de vernos minúsculos.
En las calles pasa de todo. Los rostros se cambian de color o de postura como más les convengan, somos complejos transeúntes, animales primitivos que van en busca de la mejor presa.
Me preguntaba que sería de las relaciones humanas si tan solo nos animáramos a decir la palabra justa cuando el silencio rompe barreras. Que pasaría con las muecas, las burlas de las cosas inmóviles.
Si le diéramos valor al gesto simple de una mano franca chocando contra otra mano, si apreciáramos el abrazo convidado, el mate como un lenguaje prescindible de sonidos. Qué pasaría si algún día nos pusiéramos de acuerdo en no forzar una charla, o sentarnos tan solo unos minutos a interpretar el valor incalculable de una mirada que nos dice todo como quien dice a la vez “qué lindo la paso con vos”.
Miraba por la ventana de mi balcón hacia la otra ventana, ahí, en el edificio de enfrente. Una mujer sola se sienta sobre un pequeño velador y se deja paz. Seguramente una música suave la llevaría de un lado hacia el otro de los recuerdos. Se quedaría esperando que el teléfono suene casi toda la noche. Y miraría de reojo el reloj de madera que cuelga de la pared con el tic tac de los años que se nos pasan volando.
Imaginaba mis manos sueltas, mis pies llenos de caminos, el cielo entrando suave por la rendija del ventiluz de la cocina. Los ruidos como simples quejidos, murmullo constante de la gente que anda y desanda el asfalto como desatando espacios, como pidiendo permiso para tener la palabra.
¿Que pasaría con los discursos, con el orgullo, con los faroles naranjas erguidos, inclinados ante la noche sublime que nos abraza como pájaros?
Me preguntaba de paso, por los nombres que ya no nombro, los otros días que han quedado allá, atrás. Lejos todavía.
Enciendo un cigarrillo y la primera pitada la dedico al aire. Suspiro un par de zapatos, mastico la sensación temblorosa de un par de ojos inmensamente azules que imagino hoy; me veía entre estas paredes cuestionando tanto silencio. También, justo a mí se me ocurre quedarme con la noche encendida mirando a muchos que caminan por la veredas como quien regatea un poco de compañía prestada.
La noche se va al carajo y se embriagan las lunas templadas, y las promesas con ellas. Qué terrible pedazo de cielo miro desde mi ventana. ¡Y yo si nadie!, me quejo un poco.