domingo, 26 de agosto de 2012

Imaginate...


Imaginate sus ojos de asombro, dijo. Y abrió sus brazos con fuerza hasta quedar mínima y suspendida en el aire.
Hoy la soledad era otra cosa. (Por los delitos del tiempo que quedan impunes en cualquier rincón.) Fue achicar uno o dos ambientes, vender las sillas de estilo donde habían sentado los años un tiempo antes, envolver en papel de diario las cosas frágiles que por fortuna, ya no tenían valor. Sacar los libros uno a uno de la biblioteca y empacarlos. Saborear ese último vaso de vino juntos que ya no quedaría postrado en el cristalero antiguo.
Imaginate el silencio todo ahí junto y porfiado. Ella sabiendo lo que ya ni se había puesto a pensar, dibujando habitaciones blancas y pulcras. El silencio fortuito, sus manos ásperas arremangando un punto final, el piso de tango y barcos, las maletas acomodadas al lado de la puerta, el zarpazo de las preguntas, los nudos en la garganta, los tapones en los ojos, el camino llano, la espera joven, y una pequeña ventana al lado del pecho, como un hueco insoportable y profundo.
Imaginate un faro, el suspenso irritable de la voz inconclusa, la misa de las 9, la ficción de las calles yendo y volviendo a los lugares comunes, la luz tibia que se va apagando al final del aplauso (y sin saberlo), una canción magnífica que habla de las cosas del amor.
Escribió otra poesía (no la última), íntima charla con lo que no se dio y pudo ser, y en seguida le salió una imagen que hubiera sido mejor cantarla. Imaginate sus pestañas pesadas y adormecidas llegando puntuales cada mañana hasta su abrazo, un rostro y dos agostos le perforan sus zonas blandas hasta darse por satisfecha cuando balancea en sus manos el esmero que a veces trae el recuerdo. Sabía que olvido no era una posibilidad, mientras cebaba un mate amargo, larguísimo esa tarde.
Después del piano, venía su boca murmurando las ganas de irse de aquellos espacios; minúscula y cursiva quedó tiritando sus nombres, y como una queja dejó que la luz se metiera hasta sus huesos.
¿Esto es la soledad?, preguntó sin sustos.
Imaginate la respuesta de invierno que pintó aquel domingo; sin barcos, sin sillas, sin libros, durmiendo tapada hasta la cabeza, con pies los fríos esta vez.

miércoles, 20 de junio de 2012

Sobre la gente que espera o busca...

Tarda, pensé. Yo vi los ojos desbordados de la gente que no quería estar sola. Yo vi los náufragos diferir sus pasos por las calles secantes de aquel barrio. Todavía en sus manos un manojo de llaves que abrían todas las puertas, y sin embargo, ví esas mismas manos frotándose las esquinas sin volver. Cómo tarda che, dijo la mujer en la parada del colectivo mientras apoyaba una de sus piernas raquíticas sobre el asfalto. Así es la espera dijo alguno mientras tomaba un sorbo amargo de café. Pudo haber sido peor, pensó. Yo aquí en el medio de la nada, en ésta mesa pensando la música, mirando por la ventana mientras las sombras de unos y otras corren apresuradas. Descalzo me quedo pensando este cielo inmenso que me abraza. ¿De dónde viene ese ruido melancólico de tren y silencio? Protestó la vieja que arrastraba sus pantuflas. Yo la vi también. Podría darle un nombre para cada espera. Una palabra, un monosílabo, incluso un color, dijo la florista que veía marchitarse la vida en un balde rojo. Desteñida la voz, juntaba un par de recuerdos de esos que se fuman a las dos de la mañana. Yo la ví asomada por la ventana corriendo apenas la cortina con las luces apagadas. Yo vi también se balcón. Se tomó el 60 cuando empezó a llover y se perdió, dijeron un par de ojos sentados en el banco de una plaza. Yo los vi suplicando llegadas, sillas, mantas para la noche fría. Todos solos apenas. Disimulando y simulando. La vida era como un disfraz que acababa en el ropero con las perchas flacas y tiritando. Muertas de miedo. Yo las vi sinceras y abrazativas. Siempre un piano se va de boca con los tangos. Había también una fila larga que daba vuelta la esquina de otros que reclamaban por personas o nombres. Algunos ni fotografías tenían. Apenas la sospecha de un rostro. Se llenaron los postes de luz con reclamos y súplicas por los otros. Yo los vi a todos. Uno por uno. La paciencia era entonces de color pastel, húmeda quedó la vereda de perros que también esperaban. Yo los ví llenando complejísimos formularios con datos y descripciones un poco vagas. Así fue la espera en este pueblo. Así la gente se perdía todos los días. Algunos migraron, de otros no supe nada. Se multiplicaron los poetas y la cartas y los bancos. Los solos tienen su propio callejón con un nombre incompleto. Yo los sabía todos, suspiré mientras pegaba un afiche con su cara en una cabina de teléfono. Las búsquedas son largas pensó alguno por ahí. Y se sentó conmigo bajo un farol anaranjado.

martes, 19 de junio de 2012

lunes, 27 de febrero de 2012

Puede ser...


Puede ser que el tiempo que nos dé la razón con algo de paciencia. Por mi parte he sabido replantearme las excusas de antes, los errores de después. He mantenido los relojes como cumbres intactas, como nieve que uno suspira en el aire y que luego de unos minutos se torna agua en las manos. Puede ser que haya llorado hasta romperme; y también he visto amanecer desde mi ventana solo, sin el minúsculo sonido de las paredes que nombran un solo nombre.
Puede ser que haya caído hondo y que encontrar la armonía dentro de mí resultó más difícil de lo que esperaba. A veces cuesta cerrar una puerta, sin que las ventanas se asomen exagerando lo que ha pasado; a esto me refiero cuando hondamos un dolor que apenas nos ensombrece. Puede ser que haya sido cierto todo, y hoy podría asegurar que cada lágrima estaba bien merecida. Bien puesta ahí, en mi cara.
Puede ser sincera, la noche sonámbula, y el mar pleno, y las voces calladas. Pero no he visto aún otra luna que me llene desde los pies hasta la nuca. Por eso perdono y me perdono. Por éstas cosas que te cuento, puede ser que sufra aún un poco, puede ser que en noches terriblemente opacas la poesía en mis manos parezca más triste. Pero al fin y al cabo esto es la vida. Y por una cosa u otra, la paz me va inundando lo cotidiano. En oraciones cortas me despido poco a poco, como un suspiro que se retiene o no me deja ir. Igual acá sigo estando, firme y consecuente con mis predicciones, soñando lo que otras personas ni siquiera imaginan. Es que mi mente resulta ser un laberinto complejo y simple; extraño resumen de la dualidad humana.
He vivido sin vueltas y sin culpas. No he experimentado aún el arrepentimiento y a ésta altura existen pocas cosas, muy pocas cosas por las cuales sienta miedo. Puede ser que no padezca el temor ya. Estuve situado al límite de los horizontes, como alejado y meditando. Sé que los riesgos son necesarios, casi imprescindibles en el día a día. Y si algún día tuviera que despedirme de todas las cosas, elegiría un solo aroma para llevarme: el del mar convidándome medialunas y la arena mojada como alfombra.
Puede ser que a ésta altura ya no estén en mis manos muchas decisiones, igual elijo los caminos y me equivoco y me caigo y lo vuelvo a intentar. Me paro de cara al cielo y veo las formas de las nubes que tienen muchos rostros que reconozco. A la distancia todavía el perfume sabe a espera. No puedo distinguir bien desde mi ventana aún esa lluvia que me moja la espalda, salpicando una gota de ese mar que nos une y separa. A un costado, el cigarrillo todavía encendido me nubla apenas este silencio tremendo. Sé que llegará por estos lados ese aire de cambios que ruego, de oportunidades, de volver a empezar. Vos sabés bien que últimamente he empezado a perder peso, sólo porque me despojo de esas cosas tácitas que no me llevan a ninguna parte.
Y puede ser que a vos te quede todo lo otro. De lo que huyo y escapo. Fijate que la culpa no me invade, que no debo perdones, que ya no pido favores. El amor de prestado nunca me gustó. No hay grises más que en tu boca, no hay pestañas más que en mi almohada. Esta vez ya no espero. La espera será de otros pero no mía. Y eso también me da paz. Puedo jugar con las horas buscando la luz, divertirme con mis viajes, saber que he perdido un par de manos de truco, pero nada más. La gente pierde todo el tiempo, y cuando pensé que había perdido, encuentro las cosas olvidadas, aquellas que siempre estuvieron mal colocadas. Puede ser que no entiendas nada, y que prefieras la quietud, a buscar los puertos. Yo he emprendido un camino ya, capaz que no me lleva a ninguna parte, pero es mejor que quedarme parado.
Tal vez algún por esas casualidades del destino, digas lo que no dijiste, hagas lo que no hiciste, llores lo que no lloraste. En este sentido, gano yo. He pasado por las dudas, y transité con ganas el inicio de todo. Tal vez este momento sea un comienzo y no una despedida. Por fin lo digo.

sábado, 18 de febrero de 2012

lunes, 6 de febrero de 2012

domingo, 2 de octubre de 2011

martes, 27 de septiembre de 2011

miércoles, 27 de julio de 2011

domingo, 17 de julio de 2011

ELLA ERA SOLA


Le dio mucha bronca saber que ése era el último cigarrillo que le quedaba. Tenía que bajar, abrir el ascensor, saludar al portero que no soporta, encontrar un quiosco abierto, pero primero debía cambiarse, ponerse las zapatillas, cerrar la compu, buscar las llaves, encerrar al perro en el baño, bajar la calefacción, buscar las monedas para el cambio, atarse el pelo, lavarse la cara, acomodar las sábanas, levantarse, juntar ganas. No hizo nada de eso.

Tenía las esperanzas fatigadas, la mente abstracta, paranoide. El día anterior había pensado lo mismo, atravesando la idéntica rutina que repasaba mentalmente.

Era más fácil dejar de fumar. Pero ese último cigarrillo le inspiraba otro final más. Así se terminan y empiezan las cosas. Había una vez… Y el secreto de su soledad empezó por un pucho.

La gente se separa todo el tiempo, unta un extremo con el otro, hasta que la salitre se dispersa en el aire, fumiga ambiciones y de nuevo aparecen esas mismas zapatillas frente a la cama como invitando un camino inexplorado aún. Y ese camino enarbolado es una síntesis de los comienzos que no se animan. ¡Ánimo! Le dijo su amiga en un mensaje de texto. Como se simplifican los sentimientos de ésta manera. La gente se amiga y se pelea, se encuentra, se bloquea por el facebook. Todo pasa por ahí. Se inventan historias, se putean, se etiquetan, se desetiquetan, juegan, parafrasean, son poetas, filósofos; chusmean los momentos felices, ¡cuánta felicidad que hay por todas partes!

Y yo me pregunto ¿Dónde están los solos?

Donde se ha ido la idea de mostrarnos auténticos, míseros, humanos, vulnerables. Sin un puto cigarrillo para fumar.

La historia de ésta mina sigue un par de semanas después. Calculo que habrá encontrado un quiosco abierto, y habrá pasado todo eso que su mente le dictó aquel domingo a las once de la mañana. O capaz que no pasó nada de eso. Le tenemos miedo a la sorpresa, a saber que las cosas no son tan así. Que por ahí existe una segunda cara de la moneda. Que está bien ser cautelosos, calculadores. Pero ¿y si fueramos más nosotros? ¿Qué pasaría si nos propusieramos un par de horas al día, practicar no pensar las consecuencias? ¿Habría más solos?

No tengo ni idea de la respuesta. Amanece ya en mi ventana y hoy por suerte no tengo ni idea de lo que me espera el domingo. Tal vez sea igual al domingo pasado. Quizá no. Nada que ver.

Ahora si estás esperando que ésta historia tenga una moraleja, vas mal. No sé quien dijo que todas las historias deben terminar indefectiblemente de una manera o tal. Puede ser que no haya nada para aprender de los escritores, tenemos esa manía de dejar las cosas así, irresueltas muchas veces. Tal vez la moraleja sea, andá a comprar un atado de puchos si tenés ganas de fumar. Pero no. No lo es.

Sale el sol y me da un calor tibio sobre la espalda, como un masaje suave que no esperaba. Ya ves? Ahí tuve mi primera sorpresa del día. Y si hubiera ido hasta el baño, y me hubiera lavado la cara, puesto las zapatillas, abierto el ascensor, saludado al portero insoportable. Y si hubiera ido hasta el quiosco, seguramente la vieja me hubiera pedido veinticinco centavos de cambio y yo le hubiera respondido que sí, que los tengo. Me hubiera encendido un cigarrillo y así terminaba la historia.

Ella pensó en darse una oportunidad y dejó de lado todas aquellas cosas que le hacían mal. No pensó atarse el pelo, sólo porque no tenía ganas. Y está bien no tener ganas. Está bien ser tal cual somos, tal como queremos nosotros y no como los otros quieran vernos. Fue una tarde popular en sus ojos. Iba y venía dejando su mente suelta por ahí. Fue sola un par de días más. Porque en uno de esos viajes hasta el quiosco se encontró con alguien que había pensado toda la noche anterior.

domingo, 23 de enero de 2011

domingo, 26 de diciembre de 2010

Que haya una razón siempre ...


Que no haya soledad más antigua.
Que no duela la tarde de sol sobre la esquina fronteriza del recuerdo como un ciempiés buscando caminos.
Que fingir la noche no esté mal.
Que los nombres se vayan y quede sólo el recuerdo de los que pasan dejando la huella sintética de las poses del alma; y que los ojos cicatricen las horas, los días, los almanaques como un aperitivo.
Que al final de cada día valga la pena haber pasado las esquinas de largo, fiel los hombros de los que soportan un año nuevo.
Que no lastime pensar. Que no hiera querer.
Que entendamos que las personas suelen defraudarnos, y como una didáctica experiencia de la vida necesitaremos superar esto. Y que no nos cueste nada alzar nuestras cosas y volver a empezar.
Que emprender algo nuevo repletos de miedos, tampoco esté mal.
Que habrá oportunidades en las que correr el riesgo será nuestra única alternativa para entender de una vez por todas aquello de que el tren pasa sólo una vez.
Que apreciarnos esté bien. Esto es ponerle un precio a cada cosa que hacemos. Valorarnos aunque tengamos piernas de pollo, o panzas prominentes, o mal aliento a la mañana.
Que no haya ni una sola persona en solitario. Que la gente se mezcle con la gente, y los animales y la naturaleza. Y que no se hagan daño unos con otros.
Que pensar distinto está bien. Que la discusión es necesaria pero mejor es el diálogo. Que haya muchas contradicciones. Las más posibles. Porque en ésta diversidad está el jugo de la vida.
Que bebamos cerveza, un buen vino o un vaso de agua según las circunstancias. Pero que brindemos todo el tiempo, por los amigos, los amores, los éxitos, la paz, el olvido.
Que no haya confusiones ni malos entendidos. Que aprendamos a divertirnos con la palabra y no con el silencio o el rechazo.
Que haya más poetas, más músicos, más pintores hablando de amor. Que las sombras no nos asombren. Que la luz nos pinte la cara hasta los tobillos, y que si algún día tenemos ganas de llorar encontremos las lágrimas y los brazos necesarias para que duela menos (al menos).
Que nos riamos más seguido. Todo lo que sea posible.
Que no nos encuentre vencido el tiempo. Lo único que perece es la leche, el queso crema y el yogurt.
Que llueva de vez en cuando.
Que caigan rayos también.
Que haga calor.
Que nieve.
Que sigamos sintiendo esas ganas enormes de abrazar sin motivo.
Y que aunque sea un laberinto, le encontremos siempre salida a la vida.
Porque parece mentira, pero siempre hay un amanecer distinto esperando alguna razón para dejar de fumar, o llamar a algún amigo perdido, pagar las deudas, escribir ese libro, viajar a ése lugar, escribir una carta, terminar ese proyecto, ir al cine, escuchar un recital, mirar la hora, abrazar, amar, querer, perdonar, dejar pasar, reir, carajear, opinar, estudiar, cantar.
Sea cual sea, que ésa razón dependa sólo de vos…

miércoles, 29 de septiembre de 2010

martes, 31 de agosto de 2010

Yo no quería rendirme...


Eran las voces de todos juntos, la imagen estática de la esperanza ya gastada y vencida. Eran las puertas abiertas, el cielo abrazado a un poste de luz, los ojos que lo dicen todo, que nos mandan al frente en aquellos lugares posibles. Yo no quería rendirme.
Quedaba al resguardo de las imágenes borrosas una pestaña de tu aliento sincero. La música me traía tu nombre como quien se desagarra del asfalto de a ratos.
Por las dudas asentí con la cabeza los reproches que no eran míos. Tantas excusas nos dio el tiempo....
Y eran también tus brazos el lugar perfecto para los omoplatos acurrucados, las palabras tienen esa costumbre de perderse a lo lejos, allá donde el café cargado nos libera las resacas. Yo no quería rendirme. Insistí.
Eran las tormentas pendulares, los lagos en tu boca, el reparo, el refugio, el banco perfecto y cómodo que nos avisa que ya todo termina. Que falta poco.
Bajaba los brazos como una pendiente, huía como una cuenta pendiente. Brillaba como un pendiente. Todavía en sus silencios la gente le creía.
Yo no quería rendirme.
Muchos dicen esto todo el tiempo. Creemos y descreemos. Nos abrimos el estómago de par en par hasta que salgan por todos lados las tripas. ¿Nadie se da cuenta de las heridas que vamos dejando abiertas por ahí? Preguntó alguien entre la multitud antes de ser colgado.
Alguno podría haber dicho algo. Yo sólo escuché un discurso de excusas que nunca me interesaron, con eso escribí una poesía para cuando volviera a encontrarme. Yo y mi otro.
Y después, cuando volvía de los subtes, cuando dejé de pintar stenciles por amor, cuando las prostitutas se regalaban balcones y pensaban otras teorías mejores para perder el tiempo. Volví hasta mí. Úselo y tírelo, decía un cartel en la frente. Justo debajo de mi cicatriz primera.
Ensayé un lágrima que nunca me salió, y dejé el bastón a una orilla de la puerta de ingreso. Yo no quería rendirme.
Y me cansé de la gente que nos toma como conejillos de indias, que sucumben el egoísmo de los primeros que van siempre delante de nosotros. Y me cansé de caminar esos caminos, de preguntar la hora, de esperar los tonos, de los que mueven las manos cuando hablan para distraernos de sus mentiras. Antes ya me había cansado de siempre lo mismo. Una y otra vez las cosas se repiten circularmente, y los errores ajenos, y las falsas promesas de almíbar, y los ojos transparentes y oscuros.
Yo no quería rendirme. Agarré mis cosas un día y me fui al carajo.

Mi todo (my all) - Mariah Carey