domingo, 24 de febrero de 2013

PARA "PUTIAR" UN RATO


Un día tan choto (o gris) daba para ponerse a escribir. Dudaba si hablar en castellano neutro, español antiguo o mi forma danielesca de inventar palabras y consonantes y situaciones, o què mierda hacer. Asi que no sè què es lo que va a salir, pero digamos que me sentè en mi rincón preferido y dejè que las cosas salgan como quieran salir. Como se le den las regaladas ganas de salir. Digo esto, porque no tengo pensado poner ningún tipo de reparos para que ello suceda. Total, hoy es domingo y es como que en èste dìa cualquier cosa està bien. Por ejemplo, no sè donde mierda quedó el acento en el teclado. Al principio dije, escribo y después lo corrijo, pero si lo hubiese hecho asì, estè renglón no hubiera tenido sentido. Entonces, està bien que vean que no les miento. Despuès de todo, ¿cuàntas veces decimos esas cosas que estamos pensando? Vamos a traducirlo. En lo cotidiano, estando sòlo o acompañado o como sea, ¿cuàntas veces te han preguntado como estàs con la sincera idea de conocer aquello que pensàs? El lenguaje pasò a ser un formulismo, un formalismo tambièn. Valen las dos. Formalismo en ese sentido casi idiomático para pasar por alto las largas introducciones dogmáticas hasta llegar a vincularte con el otro. Y formulismo, lo digo en el aspecto del formulario predispuesto con el que hablamos. Nos dice hola, respondemos hola. Nos preguntan estàs bien, y respondemos, si. Y asi sucesivamente podemos pasarnos horas sin decir nada de lo que pensamos.
Yo creo que estuve como media hora frente a mi computadora mirando la pantalla vacia. Ella no me decía nada y yo tampoco. Apenas una música suave sonaba detrás de la cocina, detrás del comedor, detrás de mis ojos. No vayan a pensar que ahora mis ojos son una guitarra. Es una metáfora. Igual llega un punto en la vida en que realmente te pones a pensar si también la vida no fuere acaso una imagen de la mente. Vamos, los escritores tampoco que hayamos inventado todo! Algunas cosas no están en nuestras manos. ¿Còmo cuales? Y.. de pronto se me ocurre que el destino no està en nuestras manos. ¿Què cosas te parecen a vos que han dejado de pertenecerte? Al fin y al cabo no tenemos el dominio de nada. En su caso, existe un sentimiento parecido al que podría definir tranquilamente como pseudoconfianza que nos hace parecer que las cosas pasan porque asì nosotros lo decidimos. Bueno, no. Hay dos teorías que yo manejo al respecto. O hacès algo para que las cosas pasen o dejas que pasen por si solas. El éxito no depende de ninguna de las dos. Tampoco que piense que las cosas suceden porque están escritas. Eso es mentira. Imaginate yo, escritor, la cantidad de cosas que me pudiera haber escrito y sin embargo nada.
Entonces, entrè en la duda de ponerme a escribir como ya les dije, sin saber, si la persona que por ahí me interesaba que me leyera iba a hacerlo. De todos modos, la sola idea, la poco probable posibilidad que  esto pasara como que me motivò algo.
Y me pregunte si valìa la pena gastar un poco de palabras asi porque si nomas. Asi como de costumbre, o por casualidad. Despuès pensé, las palabras están ahì, en el aire, y si yo no las uso nadie lo hará por mì. Ademàs, es domingo…. (insisto).
Ah, y ya como que se me fueron las ganas de escribir. Y dije, si hay alguien del otro lado que me està leyendo me va a putiar si termino acà y me pongo a ver el partido. Pues bien, lo termino acà. Nos vemos la próxima! 

lunes, 11 de febrero de 2013

ESPECIAL 14 DE FEBRERO: ENTERATE QUE EL OLVIDO NO LLEGA, SE VA.



Aprovechando el feriado de carnaval, me levante temprano, cosa de estar un rato solo sin que nadie me moleste o me diga “mira que hay que limpiar la cocina” o “hay que poner la ropa a lavar”. ¿La ropa no se lava sola?, pensé. Que embole.
Lo primero que vi fue la noticia del Papa que había renunciado. No me interesó una mierda, no me puse ni contento ni triste. Es más, prendí un pucho y ya me había olvidado.
Y después, ya en el Facebook, me di cuenta que se acerca el 14 de febrero. Y este puto de San Valentín que se le ocurrió generar una fecha tan significativa cuando realmente vos tenés significado para alguien. Regalás o te regalan flores, chocolates, una cena romántica, brindis de honor, copa de espera, o lo que se te ocurra. Ahí la imaginación sirve. Es como una tregua, un paréntesis. Después siguen los quilombos de siempre en la pareja; se pelean como todos los días por las mismas cosas, te insultan, vienen los reclamos y cuando te querés acordar pasó el 14 de febrero, y ya es 15 y te das cuenta que lo único que te quedó es un una caja con forma de corazón hecha mierda, porque fue lo primero que voló cuando se dan cuenta que dejaste el calzón en la ducha, o no lavaste los platos o todavía sigue a un costado de la cocina ese montículo de basura que barriste la noche anterior y que no se te dio las regaladas ganas de juntar. ¡Y los solos se quejan! (pensé entre mí).
Puse una canción conciliadora para mi mente, que me dejara fumar tranquilo, medio a oscuras todavía. Una paz total. Toda mía. Sonaba así, medio bajito, Ella baila sola “fuimos lo que fuimos”. Después de leer esto, ponela y escuchala que está buena. Ahí medio entre frases pelotudas y fotos amarillistas alguien posteó está canción con el reclamo “por qué no llega el olvido”. En realidad no sé si fue queja o pregunta, pero me quedé pensando.
Me cuestioné casi todos mis olvidos, los descuidos, los errores pelotudos, y casi como una lucha cuerpo a cuerpo apareció el recuerdo menos pensado. Los recuerdos y el olvido son casi consecutivos de los nombres que pensamos. A veces ni eso sucede. Ni nombres ni nada. A veces el olvido es sólo silencio, o ausencia, o nada. A veces es solo olvido. O recuerdo.
Acaso, (me pregunto mentalmente para no despertar a nadie), desde un punto de vista filosófico, no estaremos hablando de una misma cosa?
Desde lo existencial afortunadamente, tapamos las fotos, las cartas, las frases, las imágenes cotidianas, y vivimos en la teoría, esperando. Esperando las cosas más comunes, o la sorpresa. De todos modos nunca seremos honestos con nosotros mismos. Hay una realidad que sentencio: el olvido no llega, se va.
O me vas a decir que nunca esperaste nada? Bueno, te aviso algo: Nacemos esperando o morimos esperando algo o alguien. O simplemente esperando la muerte. Da igual, lo cierto es que sucede más seguido de lo que te imaginás. La espera combate al olvido. Los recuerdos combaten al olvido. Ergo, el olvido es el anticuerpo. El olvido se va calladito, nunca llega. Está o no está. Así de fácil. Si no lo sentiste inmediatamente y sin proponértelo, el olvido será la sombra de tus poetas internos. De tus andenes. De los abismos mentales donde caen aquellos que fuman marihuana y que por un ratito, se van del mundo. Dejamos de cosificar los pensamientos, y vamos y venimos del pasado al presente sólo con una mueca o una seca. Dale que va!
Después te saldrán frases pelotudas, o se te vendrán a la mente consejos inútiles que nunca pondrás en marcha. No hay caso, a ésta altura dudo del olvido. Me suena más a un invento que a un verdadero estado psicológico o mental. La mente no olvida. Está programada o chipeada para recordar. No existe el olvido. (Ojo, que yo esto no puedo afirmarlo tan abiertamente porque también soy poeta y si me descubren escribiendo esto estoy frito). Sobre qué escribirían los poetas sino fuera por el olvido. Qué discutirían los filósofos, que sería de los neurólogos sino fuera por el olvido?
Ponetelo a pensar. A vos te digo, que creeías que el olvido llega con una brocha gorda y te pinta la frente de blanco. A vos que, no conforme con esperar a alguien, también esperás el olvido. Y nos martirizamos cada 14/2 con canciones de forever alone. Y no seas idiota, no mires el celular. Tiene muy buena señal, y si no te escribe es porque nunca se le ocurrió pensarte como una posibilidad. 

domingo, 3 de febrero de 2013

TEORIA SOBRE EL PERDON O LAS PELOTUDECES DE SIEMPRE


Domingo 3 de febrero. Son las 9 de la mañana, esto es escribir en tiempo real. Me prendo un pucho, el primero inevitable casi, a ésta hora. Igual me siento más fresco o vivo después de una buena ducha. No sé si siempre las duchas son así, pero esta estaba rica. Me saqué ese olor ahumado que tenía de anoche. Y es imposible dejar de pensar mientras me baño, creo que ese es mi mejor momento del día. Analizo las cosas que aún no he empezado, los proyectos pendientes, las ganas que tengo de tanto y que postergo.
A menudo postergamos, y te incluyo a vos y a mí, como si nos pasara lo mismo. ¿Por qué generalizamos todo?, me pregunto. Debe ser un truco para justificar que el otro, aquel, también padece las mismas manías. Pero ésta es mía. El mundo cambió desde que probé los hongos alucinógenos en Amsterdam, primero fue en Montana pero son dos cosas distintas. Aunque si tuviera que describir cada una de las cosas que probé, esto que escribo estaría ya censurado por el espanto de muchos. De mi vieja por ejemplo, que no sé si me lee.
Y pienso también la vida y el futuro, y vuelvo un par de días atrás, pero sólo para asegurarme que hubo un pasado. Sin no ya fue, ya pasó; las cosas no se cambian en la ducha. Sólo se piensan. El pasado tiene ese gusto ingrato y placentero a la vez pero que no te lleva a ninguna parte. Te quedás estático con una mueca en la boca que no dice nada.
Sabés que los días pasan, hace poco nomás cumplí mis primeros 34 años apenas. Se ve feo ese número en mi pantalla de la compu, así que lo borro escribo otro número cualquiera y en este punto de la oración vuelvo a escribir 34. Sería negarme lo vivido, cambiar los números no mejora nada, ni modifica el futuro que ya tengo pautado. No por mí, sino por el destino. Es un alivio saber que a ésta altura hay cosas que no dependen de mí. Aunque me pertenezcan, siento menos presión en lo cotidiano. Al fin y al cabo, en este tiempo aprendí que muchas cosas son aleatorias, lúdicas, inmutables.
Entonces me entretengo pensando que las palabras me acompañan, y que un día de estos quedarán acá como una inspiración cuando ya no pertenezca a ninguna parte. Y esto no es un diario, ni una confesión, pero es que hay tanta gente pelotuda que pierde a sus seres con egoísmo inventado, con excusas decorativas, que me dan mucha bronca las lágrimas que vienen después. Ni siquiera tendrían derecho al llanto. A veces equivocarnos es el delito, como si el error no fuera acaso el más certero de las posibilidades. El tiempo se acaba y sin embargo las heridas se agrandan mágicamente. A veces perdemos hijos, perros, amigos, por el orgullo del perdón inconcebido.
Es probable que nunca piense igual al otro. O mejor aún: yo creo que tengas razón. Mirá lo que te digo. En la libertad del enojo yo te apoyo y te perdono.
El imperdón no me pertenece. Perdoné las cosas que nunca antes hubiera pensado perdonar, y me quedé con los enemigos suficientes para que también estén cerca de mí. La ausencia y el silencio no te favorecen para nada. Me parece que te hace más daño a vos que a mí. Ojo que las lecciones a veces llegan tarde.
Me fui de tema. En realidad no sé bien si había un tema hoy para escribir. Es como en el colegio, puse la fecha y dibuje un solcito al lado, en el margen superior de la hoja. Me preparo un te de mierda porque no tengo café, y dejo en blanco el resto del cuaderno. Porque con o sin perdón, yo puedo afirmar que estoy sentado cerca de la gente que quiero. Como al principio de todo, como cuando uno nace.
Nazco hoy con una sonrisa pensando que tengo que barrer el piso para sacar los pelos de la gata, que por suerte ya no está más en celo.  El resto, son pelotudeces que no afectan mi tránsito por corto o largo que sea.
Me siento desde acá con mi saludo de siempre. Hacía tiempo que no les escribía. Ni yo me escribía.  

viernes, 5 de octubre de 2012

"EL BUEN SOLO BIEN SE LAME" DICE EL DICHO...


Cualquier tema musical en otro momento hubiera sido perjudicial para mi salud. La casa había quedado un poco grande pero supe llenar los huecos con paciencia y un poco de enduido. Si todo fuera así, habría menos pintores. Y menos huecos, menos vacíos en el pecho de la gente. Nos acostumbramos a estar solos, y casi como que nos vamos llevando el tiempo sin llegar a ninguna parte. Podría sonar pesimista, pero atento al ruido de la lluvia, me pregunto los lugares comunes que ya son parte de la historia.
Cuando algo termina, siempre viene algo mejor. Más fuerte, más revolucionario, nos mantenemos expectantes, ventana de por medio, y cuando menos lo esperamos el timbre suena. De reojo miramos apenas el pasado (que pasa), y la tormenta se abre el pecho, y vemos bosque detrás del árbol. El buen solo bien se lame, dijo Georgina. Yo no paré de reírme de las cosas que antes no me causaban gracia. En algún punto me había rescatado. Siempre me salvo.
Ahora que el silencio me pertenece y vendo mi simpatía con la postura cómoda de ser entero y yo. Como una sola cosa, un mismo ente que intenta manguearle algo al destino. Reconozco que no nos hemos llevado muy bien este último tiempo. Digo, el destino y yo. Tenemos la mirada cruzada y hablamos de cosas distintas. Ya no nos entendemos como antes, y sin embargo siempre nos encontramos en el mismo punto del camino. Nos reclamamos de todo, nos puteamos un rato, y después le libro un abrazo como pidiendo disculpas por mis malas elecciones. “Yo te avisé”, replica. Y todo queda intacto. Le miro los ojos como nunca antes, sabiendo que el aprendizaje es parte del tránsito.
Prendo un pucho y me quedo mirando esa foto espantosa en la caja que dice que cada cigarrillo deteriora tu capacidad pulmonar y provoca impotencia. Me encojo de hombros y fumo otra pitada sabiendo que hay cosas que hacen peor. Debería volver a la marihuana, pienso. Y después concluyo que no debemos volver a ninguna parte. (…) Me quedé repasando un rato largo sin escribir, un poco meditando algunas cosas, y otro poco haciendo tiempo que se me haga la hora de irme.
Afuera la luna mira desentendida. No nos prestamos atención hace tiempo, y cuando estoy a punto de decirle hago, siempre encuentro alguna cosa que hacer. Me distraigo a propósito y todo pasa. Ya no nos esperamos.
Ya han pasado unas cuantas horas desde que empecé a escribir, y me pregunto si ya es hora de terminar. Los finales antes tenían un gusto raro en mi boca, ahora, que es temprano, tengo todo el tiempo por delante para mejorar las cosas. Para empezar de nuevo. Digo, porque ahora que soy solo tengo infinitas oportunidades para encontrarme, para probar o para seguir equivocándome. El error es una posibilidad que ya no me preocupa. Como hay otras cosas que no me preocupan. Si tengo ganas de bañarme me baño, si tengo ganas de cocinar, cocino. Y si tengo ganas de quedarme sentado durante horas mirando el fantástico cielo, puedo hacerlo. Me lo permito. Aclaro que me he tomado varias licencias, y me gusta eso. Me gusta lo que veo.

   

lunes, 1 de octubre de 2012

APRENDER A DECIR QUE NO...


Charlaba el otro día con unos amigos en la costa mientras fumaba un pucho y tomábamos mate respecto de si en verdad nos habíamos planteado fuertemente la posibilidad de decir que no. Es decir, esto me gusta, aquello no, este es mi límite, esto lo permito y lo otro no me interesa. Y aún más, nos proyectábamos si realmente aquellas personas más íntimas, los amigos, la familia, (los cercanos) tenían la capacidad humana de aceptar un no como respuesta a cualquier cosa cotidiana sin ofenderse.
Entonces empecé a escribir. Reconozco que antes tuve que googlear la palabra ofender, ofenderse, ofensa y el diccionario me iba llevando de un lado al otro como en una de las mejores historias de esas de “elige tu propia aventura”. Y pensé también en aquellos ofendidos por mí sin encontrar en mi cabeza las razones que ellos tenían en la suya. Entonces debo decir esto: la ofensa es una palabra vaga. Así me anticipo a definir que depende de uno y del otro en la misma medida, dejar trascender la ofensiva que da lugar a esto.
Es decir, cada uno, desde lo individual, protege sus ideas con recelo, y a veces cuesta dejar la rigidez de cualquier postura para entender que la ofensa muchas veces está medida por la subjetividad con la que se la mire. Y acá no juega sólo la palabra como lenguaje, sino también otros valores externos pero tan condicionantes dadas por el estado de ánimo. Muchas veces hemos dicho en voz alta “si se quiere ofender que se ofenda” como si no nos importara. Pero lo cierto es que nos importa. Nos importa el concepto que los otros tienen de nosotros, nos preocupa la apariencia del buen nombre, y resulta difícil separar al ofendido de una seudo indiferencia que no es tal.
Decir que no, ofende muchas veces. Pero desde lo discursivo, no está mal utilizar éste término como respuesta a una pregunta.
-¿Vamos a tomar un café?
– No tengo sed.-
Y ahí aparece en el otro la ofensa que toma al “no” casi como un rechazo a su persona. Pero si analizamos esta frase vemos que morfológicamente está completa. Existe una pregunta y hay una respuesta. ¿cuál es la ofensa entonces?
Y ahí es cuando deberíamos empezar a analizar eso del rechazo. Es decir, yo no puedo obligar a una amiga a tomar un café, porque es ciertamente probable que no tenga sed ella. Y si me ofendo, ergo, debería haber planteado la oración de manera imperativa. ¡Vamos a tomar un café! (Pero no queda bien, no?) Entonces debemos tener en cuenta que cualquier convite, propuesta, pregunta, tiene siempre variables respuesta que no dependen sino del convidado. Y acá de nuevo, depende de su ánimo, de sus tiempos, de sus ganas.
Ejercitar el no como respuesta nos evitaría además muchos dolores de cabeza, situaciones desagradables y malos entendidos. Aceptar un no como respuesta, nos hace reconocer en el otro una situación de sinceridad y libertad que muchas veces requerimos pero que cuesta aceptar, socialmente hablando.
Un no de una pareja, de un amigo, de un familiar no necesariamente significa renunciar a ese estado de novio o amigo o padre. No se es mejor o peor como para tomarlo como algo personal. Tal vez sea un no parcial, circunstancial, variable, pero que no debiera modificar para nada el transcurso de la vida cotidiana. Hoy te digo que no, mañana o más tarde tal vez sea sí.

viernes, 7 de septiembre de 2012

ANALICEMOS LA SOLEDAD

En realidad iba a empezar escribiendo cosas que me molestan, pero después me arrepentí porque la gente iba a decir que soy un renegado y que me tengo bien merecido esto de estar solo. Y ami no me importa si esta bueno o malo estar solo, solo se me ocurre que soledad, a la cual ya le he rendido tanto tributo resulta ser mi mejor compañía. Se esta solo estando solo, se está solo estando con alguien o rodeado de miles, que digo miles, millones de personas cerca tuyo.

Pensé que la soledad era un mal de los tiempos modernos, un mal necesario, ácido, pero a su vez dulce, mundano, seductor por el lado en que se lo mire.

Entonces me pregunto que sería de los solos si la soledad no se hubiese inventado? Que pasaría con los poetas? O los pintores o los músicos. Me pregunto si no es acaso la mejor excusa que tenemos los artistas que justificar escribir con dolor, haciendo hincapié en el dolor como una forma necesario de victimizarnos frente al mundo. Pues les tengo una mala noticia, la soledad es real y palpable. Pese a que en muchos universidades las estadísticas indiquen que la mayor parte de los solos es por elección, este síndrome epidémico (endémico diría) va creciendo su número de aficionados o adeptos por diferentes causas que hagan que hoy, te encuentres leyendo este artículo, enterándote que sos solo desde hace mucho tiempo antes de lo que vos esperabas. Y hablo de la soledad del principio y de los finales, la soledad muerta, la soledad vieja y joven. La soledad despotricada, la soledad anhelada. Digo esto ya que hasta el más pesimista de los solteros necesita su momento solo, y no podrá negarme que muchas veces ha disfrutando esa soledad hasta que se le caigan las babas de placer.

Por eso, en esto de tratar de entender las soledades, no podemos definirnos de uno u otro lado. Los psicólogos dirían que tenemos un trastorno compulsivo hacia tal o cual cosa. Pero en realidad, la psicología tampoco podrá explicar el origen o mismo el significado de la soledad, muchos menos podrá explicar las razones, al menos no una razón lógica que nos haga interpretarnos vacíos frente a un mundo cada vez más comunicacional y menos presencial.

Somo usuarios, claves, contraseñas, perfiles hemos cibernetizado las relaciones hasta llegar al descompromiso absoluto. Y este es otro tema interesante, porque las desformalización de los sentimientos son una mentira que ni nosotros nos creemos. El fracaso de los vínculos -en cualquier especie- radica principalmente en una causa inicial: nosotros mismos.

Digo, sostener que pertenecemos a un grupo social, afirmar que seguimos la manda como queriendo justificar en otros nuestro propio accionar, es también una forma de lavarnos las manos.

Entonces concluyo que estamos solos porque sí. Intentar buscar una razón en el contexto social, o las abismales profundidades del alma sólo nos llevará a chocarnos contra nuestras propias miserias. Y ahí está lo divertido, vernos, escucharnos, percibirnos solos, es reconocer que el mito de la otra mitad nos ha hecho idealizar el otro, los otros, que también están tan solos como nosotros.

Estadísticamente es menos probable cruzarnos al menos una vez con aquel ideal de persona que nos van imponiendo desde la niñez. Por eso la frustración, por eso la soledad. No tengo ni idea donde comienza o termina la soledad, a ésta altura no me he dado cuenta si es mala o bueno. Quizá no sea ninguna de las dos, y estemos psicosocialmente excluyéndonos de las verdaderas oportunidades. Lo cierto es que más allá de la decisión que uno tome en la vida, frente a la cotidianidad toda, aunque la soledad sea una sombra, o una mochila, o inclusive un divertimento, hay que tener en claro que siempre será transitoria. Guste o no guste. Somos perfectas transiciones digo.

¿Nunca te preguntaste por qué estás solo?

martes, 4 de septiembre de 2012

ME MOLESTA LA GENTE QUE SE BESUQUEA EN PUBLICO

-¿A quién podría hacerle mal? Preguntó alguien desde el fondo del café. Yo traté de levantar la cabeza por encima del hombro pero no pude distinguir ninguna cara. Conocía esa voz. El tono era similar al de un cascabel cayendo sin remedio al piso.
Había un parpadeo de luz que me erizó la piel en público. ¿Podía ser acaso el recuerdo, una regresión? Leí mi pensamiento en voz baja retumbando la idea seductora de verle de nuevo. Seguí buscando entre otros rostros, su rostro; casi con desesperación movía el cuello de un lado hacia el otro como un compás de ritmos insonoros que me transportaban y elevaban a cada instante. Tomé un café, tomé la hora, una mano, una aspirina y luego, me atrapé pensando lo que ya no pensaba.
Entonces dejé a un lado mi reloj, sobre una puerta que no abría, una ventana sin balcones, un volcán (siete volcanes) y un lago que transportaban los ojos marinos tal como lo había soñado dos lunes atrás.
Y como un monólogo de cigarrillos, la espera se fue haciendo ceniza de a poco. Me senté a pensarlo y lo único que logré fue sentarme, dijo Sonia.  Yo me quedé dando vueltas por la noche, por las dudas, a lo lejos, la bruma del mar se hacía libros y canciones y en mi boca, una última seca quemaba las palabras que ya nadie diría.
El silencio tienes esas cosas, pensó. Yo hubiera pensado otras mejores para los dos. Pero estaba solo. Solísimo. Encerrado entre los muros fríos, los pisos quietos, la voz baja, y el pulso que apenas se acordaba la manera en que agarraba la lapicera.
-¿A quién podría hacerle mal? Repetí en mi cuaderno. A esa altura ya me había caídos dos veces por las escaleras y serpientes, jugué a los dados, encendí el celular y miré la hora sin mirarla.
Me distraje con los fulanos que pasaban por la vereda como enamorados y torpes. Me molesta que la gente se besuquee delante de mí. Se los dije y me miraron sonrientes.
No sé de qué se ríen, yo soy solo - les contesté.  

domingo, 26 de agosto de 2012

Imaginate...


Imaginate sus ojos de asombro, dijo. Y abrió sus brazos con fuerza hasta quedar mínima y suspendida en el aire.
Hoy la soledad era otra cosa. (Por los delitos del tiempo que quedan impunes en cualquier rincón.) Fue achicar uno o dos ambientes, vender las sillas de estilo donde habían sentado los años un tiempo antes, envolver en papel de diario las cosas frágiles que por fortuna, ya no tenían valor. Sacar los libros uno a uno de la biblioteca y empacarlos. Saborear ese último vaso de vino juntos que ya no quedaría postrado en el cristalero antiguo.
Imaginate el silencio todo ahí junto y porfiado. Ella sabiendo lo que ya ni se había puesto a pensar, dibujando habitaciones blancas y pulcras. El silencio fortuito, sus manos ásperas arremangando un punto final, el piso de tango y barcos, las maletas acomodadas al lado de la puerta, el zarpazo de las preguntas, los nudos en la garganta, los tapones en los ojos, el camino llano, la espera joven, y una pequeña ventana al lado del pecho, como un hueco insoportable y profundo.
Imaginate un faro, el suspenso irritable de la voz inconclusa, la misa de las 9, la ficción de las calles yendo y volviendo a los lugares comunes, la luz tibia que se va apagando al final del aplauso (y sin saberlo), una canción magnífica que habla de las cosas del amor.
Escribió otra poesía (no la última), íntima charla con lo que no se dio y pudo ser, y en seguida le salió una imagen que hubiera sido mejor cantarla. Imaginate sus pestañas pesadas y adormecidas llegando puntuales cada mañana hasta su abrazo, un rostro y dos agostos le perforan sus zonas blandas hasta darse por satisfecha cuando balancea en sus manos el esmero que a veces trae el recuerdo. Sabía que olvido no era una posibilidad, mientras cebaba un mate amargo, larguísimo esa tarde.
Después del piano, venía su boca murmurando las ganas de irse de aquellos espacios; minúscula y cursiva quedó tiritando sus nombres, y como una queja dejó que la luz se metiera hasta sus huesos.
¿Esto es la soledad?, preguntó sin sustos.
Imaginate la respuesta de invierno que pintó aquel domingo; sin barcos, sin sillas, sin libros, durmiendo tapada hasta la cabeza, con pies los fríos esta vez.

miércoles, 20 de junio de 2012

Sobre la gente que espera o busca...

Tarda, pensé. Yo vi los ojos desbordados de la gente que no quería estar sola. Yo vi los náufragos diferir sus pasos por las calles secantes de aquel barrio. Todavía en sus manos un manojo de llaves que abrían todas las puertas, y sin embargo, ví esas mismas manos frotándose las esquinas sin volver. Cómo tarda che, dijo la mujer en la parada del colectivo mientras apoyaba una de sus piernas raquíticas sobre el asfalto. Así es la espera dijo alguno mientras tomaba un sorbo amargo de café. Pudo haber sido peor, pensó. Yo aquí en el medio de la nada, en ésta mesa pensando la música, mirando por la ventana mientras las sombras de unos y otras corren apresuradas. Descalzo me quedo pensando este cielo inmenso que me abraza. ¿De dónde viene ese ruido melancólico de tren y silencio? Protestó la vieja que arrastraba sus pantuflas. Yo la vi también. Podría darle un nombre para cada espera. Una palabra, un monosílabo, incluso un color, dijo la florista que veía marchitarse la vida en un balde rojo. Desteñida la voz, juntaba un par de recuerdos de esos que se fuman a las dos de la mañana. Yo la ví asomada por la ventana corriendo apenas la cortina con las luces apagadas. Yo vi también se balcón. Se tomó el 60 cuando empezó a llover y se perdió, dijeron un par de ojos sentados en el banco de una plaza. Yo los vi suplicando llegadas, sillas, mantas para la noche fría. Todos solos apenas. Disimulando y simulando. La vida era como un disfraz que acababa en el ropero con las perchas flacas y tiritando. Muertas de miedo. Yo las vi sinceras y abrazativas. Siempre un piano se va de boca con los tangos. Había también una fila larga que daba vuelta la esquina de otros que reclamaban por personas o nombres. Algunos ni fotografías tenían. Apenas la sospecha de un rostro. Se llenaron los postes de luz con reclamos y súplicas por los otros. Yo los vi a todos. Uno por uno. La paciencia era entonces de color pastel, húmeda quedó la vereda de perros que también esperaban. Yo los ví llenando complejísimos formularios con datos y descripciones un poco vagas. Así fue la espera en este pueblo. Así la gente se perdía todos los días. Algunos migraron, de otros no supe nada. Se multiplicaron los poetas y la cartas y los bancos. Los solos tienen su propio callejón con un nombre incompleto. Yo los sabía todos, suspiré mientras pegaba un afiche con su cara en una cabina de teléfono. Las búsquedas son largas pensó alguno por ahí. Y se sentó conmigo bajo un farol anaranjado.

martes, 19 de junio de 2012

lunes, 27 de febrero de 2012

Puede ser...


Puede ser que el tiempo que nos dé la razón con algo de paciencia. Por mi parte he sabido replantearme las excusas de antes, los errores de después. He mantenido los relojes como cumbres intactas, como nieve que uno suspira en el aire y que luego de unos minutos se torna agua en las manos. Puede ser que haya llorado hasta romperme; y también he visto amanecer desde mi ventana solo, sin el minúsculo sonido de las paredes que nombran un solo nombre.
Puede ser que haya caído hondo y que encontrar la armonía dentro de mí resultó más difícil de lo que esperaba. A veces cuesta cerrar una puerta, sin que las ventanas se asomen exagerando lo que ha pasado; a esto me refiero cuando hondamos un dolor que apenas nos ensombrece. Puede ser que haya sido cierto todo, y hoy podría asegurar que cada lágrima estaba bien merecida. Bien puesta ahí, en mi cara.
Puede ser sincera, la noche sonámbula, y el mar pleno, y las voces calladas. Pero no he visto aún otra luna que me llene desde los pies hasta la nuca. Por eso perdono y me perdono. Por éstas cosas que te cuento, puede ser que sufra aún un poco, puede ser que en noches terriblemente opacas la poesía en mis manos parezca más triste. Pero al fin y al cabo esto es la vida. Y por una cosa u otra, la paz me va inundando lo cotidiano. En oraciones cortas me despido poco a poco, como un suspiro que se retiene o no me deja ir. Igual acá sigo estando, firme y consecuente con mis predicciones, soñando lo que otras personas ni siquiera imaginan. Es que mi mente resulta ser un laberinto complejo y simple; extraño resumen de la dualidad humana.
He vivido sin vueltas y sin culpas. No he experimentado aún el arrepentimiento y a ésta altura existen pocas cosas, muy pocas cosas por las cuales sienta miedo. Puede ser que no padezca el temor ya. Estuve situado al límite de los horizontes, como alejado y meditando. Sé que los riesgos son necesarios, casi imprescindibles en el día a día. Y si algún día tuviera que despedirme de todas las cosas, elegiría un solo aroma para llevarme: el del mar convidándome medialunas y la arena mojada como alfombra.
Puede ser que a ésta altura ya no estén en mis manos muchas decisiones, igual elijo los caminos y me equivoco y me caigo y lo vuelvo a intentar. Me paro de cara al cielo y veo las formas de las nubes que tienen muchos rostros que reconozco. A la distancia todavía el perfume sabe a espera. No puedo distinguir bien desde mi ventana aún esa lluvia que me moja la espalda, salpicando una gota de ese mar que nos une y separa. A un costado, el cigarrillo todavía encendido me nubla apenas este silencio tremendo. Sé que llegará por estos lados ese aire de cambios que ruego, de oportunidades, de volver a empezar. Vos sabés bien que últimamente he empezado a perder peso, sólo porque me despojo de esas cosas tácitas que no me llevan a ninguna parte.
Y puede ser que a vos te quede todo lo otro. De lo que huyo y escapo. Fijate que la culpa no me invade, que no debo perdones, que ya no pido favores. El amor de prestado nunca me gustó. No hay grises más que en tu boca, no hay pestañas más que en mi almohada. Esta vez ya no espero. La espera será de otros pero no mía. Y eso también me da paz. Puedo jugar con las horas buscando la luz, divertirme con mis viajes, saber que he perdido un par de manos de truco, pero nada más. La gente pierde todo el tiempo, y cuando pensé que había perdido, encuentro las cosas olvidadas, aquellas que siempre estuvieron mal colocadas. Puede ser que no entiendas nada, y que prefieras la quietud, a buscar los puertos. Yo he emprendido un camino ya, capaz que no me lleva a ninguna parte, pero es mejor que quedarme parado.
Tal vez algún por esas casualidades del destino, digas lo que no dijiste, hagas lo que no hiciste, llores lo que no lloraste. En este sentido, gano yo. He pasado por las dudas, y transité con ganas el inicio de todo. Tal vez este momento sea un comienzo y no una despedida. Por fin lo digo.

sábado, 18 de febrero de 2012

lunes, 6 de febrero de 2012

domingo, 2 de octubre de 2011

martes, 27 de septiembre de 2011

miércoles, 27 de julio de 2011

domingo, 17 de julio de 2011

ELLA ERA SOLA


Le dio mucha bronca saber que ése era el último cigarrillo que le quedaba. Tenía que bajar, abrir el ascensor, saludar al portero que no soporta, encontrar un quiosco abierto, pero primero debía cambiarse, ponerse las zapatillas, cerrar la compu, buscar las llaves, encerrar al perro en el baño, bajar la calefacción, buscar las monedas para el cambio, atarse el pelo, lavarse la cara, acomodar las sábanas, levantarse, juntar ganas. No hizo nada de eso.

Tenía las esperanzas fatigadas, la mente abstracta, paranoide. El día anterior había pensado lo mismo, atravesando la idéntica rutina que repasaba mentalmente.

Era más fácil dejar de fumar. Pero ese último cigarrillo le inspiraba otro final más. Así se terminan y empiezan las cosas. Había una vez… Y el secreto de su soledad empezó por un pucho.

La gente se separa todo el tiempo, unta un extremo con el otro, hasta que la salitre se dispersa en el aire, fumiga ambiciones y de nuevo aparecen esas mismas zapatillas frente a la cama como invitando un camino inexplorado aún. Y ese camino enarbolado es una síntesis de los comienzos que no se animan. ¡Ánimo! Le dijo su amiga en un mensaje de texto. Como se simplifican los sentimientos de ésta manera. La gente se amiga y se pelea, se encuentra, se bloquea por el facebook. Todo pasa por ahí. Se inventan historias, se putean, se etiquetan, se desetiquetan, juegan, parafrasean, son poetas, filósofos; chusmean los momentos felices, ¡cuánta felicidad que hay por todas partes!

Y yo me pregunto ¿Dónde están los solos?

Donde se ha ido la idea de mostrarnos auténticos, míseros, humanos, vulnerables. Sin un puto cigarrillo para fumar.

La historia de ésta mina sigue un par de semanas después. Calculo que habrá encontrado un quiosco abierto, y habrá pasado todo eso que su mente le dictó aquel domingo a las once de la mañana. O capaz que no pasó nada de eso. Le tenemos miedo a la sorpresa, a saber que las cosas no son tan así. Que por ahí existe una segunda cara de la moneda. Que está bien ser cautelosos, calculadores. Pero ¿y si fueramos más nosotros? ¿Qué pasaría si nos propusieramos un par de horas al día, practicar no pensar las consecuencias? ¿Habría más solos?

No tengo ni idea de la respuesta. Amanece ya en mi ventana y hoy por suerte no tengo ni idea de lo que me espera el domingo. Tal vez sea igual al domingo pasado. Quizá no. Nada que ver.

Ahora si estás esperando que ésta historia tenga una moraleja, vas mal. No sé quien dijo que todas las historias deben terminar indefectiblemente de una manera o tal. Puede ser que no haya nada para aprender de los escritores, tenemos esa manía de dejar las cosas así, irresueltas muchas veces. Tal vez la moraleja sea, andá a comprar un atado de puchos si tenés ganas de fumar. Pero no. No lo es.

Sale el sol y me da un calor tibio sobre la espalda, como un masaje suave que no esperaba. Ya ves? Ahí tuve mi primera sorpresa del día. Y si hubiera ido hasta el baño, y me hubiera lavado la cara, puesto las zapatillas, abierto el ascensor, saludado al portero insoportable. Y si hubiera ido hasta el quiosco, seguramente la vieja me hubiera pedido veinticinco centavos de cambio y yo le hubiera respondido que sí, que los tengo. Me hubiera encendido un cigarrillo y así terminaba la historia.

Ella pensó en darse una oportunidad y dejó de lado todas aquellas cosas que le hacían mal. No pensó atarse el pelo, sólo porque no tenía ganas. Y está bien no tener ganas. Está bien ser tal cual somos, tal como queremos nosotros y no como los otros quieran vernos. Fue una tarde popular en sus ojos. Iba y venía dejando su mente suelta por ahí. Fue sola un par de días más. Porque en uno de esos viajes hasta el quiosco se encontró con alguien que había pensado toda la noche anterior.